El valor de la basura; en San Francisco puedes buscarte la vida en el basurero de tu vecino multimillonario

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SAN FRANCISCO — A tres cuadras de la casa estilo Tudor de diez millones de dólares que tiene Mark Zuckerberg en San Francisco, Jake Orta vive en un pequeño apartamento con una sola ventana, lleno de basura.

Hay un casco rosa para niños que Orta sacó del contenedor de basura que está frente a la casa de Zuckerberg. Además de una aspiradora, una secadora y una cafetera —todas en buen estado—, y un montículo de ropa que cargó hasta su casa en una bolsa de papel de Whole Foods luego de recuperarla del contenedor de Zuckerberg.

Orta, un veterano militar que se quedó sin hogar y ahora se aloja en viviendas subsidiadas por el gobierno, es un recolector de basura de tiempo completo; forma parte de una economía clandestina surgida en San Francisco. Se trata de personas que vigilan las aceras frente a los hogares de los multimillonarios en busca de cosas que puedan vender.

La recolección de basura clandestina, o recolección urbana, es una ocupación que por lo general se relaciona más con los barrios pobres que con una ciudad en el umbral de Silicon Valley. La Alianza Global de Recicladores, una organización de investigación y defensa sin fines de lucro, cuenta con más de 400 organizaciones de recolección de residuos en todo el mundo, casi todas en Latinoamérica, África y el sur de Asia.

Sin embargo, hay recolectores de basura en muchas ciudades estadounidenses y, al igual que la rampante escasez de vivienda en San Francisco, son un indicador de los extremos del capitalismo en este país. Una imagen panorámica de 2019: uno de los hombres más ricos del mundo y un recolector de basura viven a solo una corta caminata de distancia.

Orta, de 56 años, se considera más bien como un cazador de tesoros.

“Simplemente me sorprende lo que la gente tira a la basura”, contó una noche, luego de encontrar un par de pantalones de mezclilla de diseñador apenas usados, una chaqueta negra de algodón nueva, tenis para correr Nike y una bomba para bicicleta. “Nunca sabes lo que te vas a encontrar”.

Orta dice que su objetivo es ganar de unos 30 a 40 dólares al día a partir de sus hallazgos, un ingreso de supervivencia de alrededor de 300 dólares a la semana.

Orta forma parte de una economía subterránea que trabaja en las aceras frente a viviendas de millones de dólares, en búsqueda de cosas que puedan vender. CreditJim Wilson/The New York Times

Rebuscar y recolectar en los basureros es ilegal en California: una vez que un contenedor se saca a la calle, su contenido se considera propiedad de la empresa de recolección de basura, de acuerdo con Robert Reed, portavoz de Recology, la compañía contratada para recolectar la basura de San Francisco. No obstante, casi nunca se hace cumplir la ley.

Orta nació en San Antonio, Texas, en una familia de doce hermanos. Pasó más de doce años en la Fuerza Aérea abasteciendo las aeronaves durante la guerra del Golfo de 1991 y fue enviado a Alemania, Corea y Arabia Saudita. Para cuando regresó a Estados Unidos, su esposa lo había dejado, tuvo problemas de alcoholismo y se quedó sin hogar. Se mudó a San Francisco, y hace cinco años logró hacerse beneficiario de un programa que ayuda a los veteranos sin techo.

En las seis ocasiones en las que Orta salió a las calles, acompañado por un reportero, siguió una variedad de circuitos pero a menudo terminaba explorando sus callejones favoritos y un basurero en el que ya había encontrado muchas cosas (la primera regla para hurgar en un contenedor, dijo, es asegurarte de que no haya ningún mapache ni zarigüeya en su interior). En marzo, el basurero contenía una caja de bandejas, platos y copas de plata, como si alguien le hubiera quitado el mantel a la mesa de un banquete en algún castillo europeo.

“¿Cómo dice el dicho?”, señaló William Washington, uno de los colegas recolectores de Orta. “La basura de uno es el tesoro de otro”.

Algunos de los hallazgos recientes de Orta han sido: teléfonos, iPads, tres relojes de pulsera y bolsas de marihuana (“me la fumé”, dijo cuando se le preguntó en cuánto la había vendido). A finales de agosto o en septiembre, a medida que los asistentes al festival anual Burning Man en el desierto de Nevada regresan a casa, Orta dijo que suele encontrar bicicletas abandonadas cubiertas de arena fina.

Orta aclaró que solo toma lo que la gente claramente ha desechado, aunque hace catorce años pasó unos cuantos meses en prisión por entrar a la fuerza a una cochera ajena en Sacramento e intentar robar una llave de tuerca para su bicicleta. “Fue un error estúpido”, admitió.

Orta, a la derecha, vendiendo algunos de los artículos encontrados. Su meta es que sus descubrimientos le reditúen entre $30 y $40 dólares diarios. CreditJim Wilson/The New York Times

Los recolectores clandestinos de basura se clasifican en varias categorías amplias. Durante décadas, hombres y mujeres mayores han recolectado cartón, papel, latas o botellas, arrastrando bolsas increíblemente grandes por toda la ciudad para llevarlas a los centros de reciclaje a cambio de efectivo.

Lo que consterna más a la ciudad son las camionetas maltratadas, conocidas como “flotillas de mosquitos”, que andan por todo San Francisco recolectando residuos reciclables a una escala industrial, lo que deja a Recology, y por consecuencia a la ciudad, sin ingresos, explicó Bill Barnes, portavoz de la oficina del administrador de la ciudad.

“Ese es un problema importante para los residentes ya que provoca que haya índices más altos de basura”, dijo Barnes.

Los recolectores como Orta se encuentran en otra categoría, pues van tras los basureros destinados a los vertederos, cuyos contenidos de otro modo terminarían en lo que se conoce como la fosa: un agujero en el suelo a las afueras de la ciudad que parece una piscina gigante, donde la basura que no se puede reciclar se tritura y una excavadora enorme la compacta; luego una flotilla de camiones la lleva hasta un vertedero ubicado a una hora y media de distancia. La ciudad exporta casi 50 cargamentos al día.

“Me sorprende lo que la gente tira a la basura”, dijo Orta. CreditJim Wilson/The New York Times

Orta vende lo que recupera en los mercados improvisados en la calle Mission o en un mercado más formal que se instala los sábados en la avenida Julian. Es muy poco común que se vendan los juguetes para niños, a los padres no les gusta la idea de que provengan de la basura. La ropa de mujer también genera desconfianza, pero a los hombres no parece importarles mucho de dónde proviene su ropa, y los pantalones de mezclilla son fáciles de vender por cinco o diez dólares el par.

En el contenedor de reciclaje azul marcado con la dirección de Zuckerberg, había unas latas de gaseosa dietética A&W, cajas de cartón y propaganda de oferta de una tarjeta de crédito. En el contenedor destinado al vertedero había remanentes del pollo de la cena, un pan rancio y empaques de comida china para llevar.

Orta hurgó en una bolsa de basura del contenedor.

“Solo es basura, no hay nada aquí”.

Fuente: www.nytimes.com

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