El caso Tucumán: por qué las cosas pasan primero allí y después se repiten en el resto del país

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El make up de Buenos Aires es deslumbrante. La Avenida de Mayo parece Madrid; Retiro tiene un aire a Nueva York, La Boca es el sur de Italia; hay zonas inglesas, otras de estilo francés, casonas coloniales, lofts. La oferta teatral es deslumbrante; hay bares temáticos, comida exquisita, librerías enormes, mucha cultura, cine, música.

No parece la capital de un país salvaje.

Pero nadie la vio muy temprano a la mañana, a cara lavada, de mal humor, la boca áspera, ojos irritados, frases cortas, un andar bamboleante. Tucumán es Buenos Aires recién levantada, siempre deslumbrante en su belleza natural. Este periodista vivió casi tres años allí y aprendió mucho. A reconocer el verdadero rostro de su país, por ejemplo.

Por alguna extraña razón, las historias que estallan en Tucumán, después se replican en el resto de la Argentina. Desde el norte, como involuntario tubo de ensayo, nos advierte: “No se espanten ni se rían: esto también les va a pasar, porque Argentina es así”.

Nacha Guevara lo cantaba en los primeros escenarios de Café Concert, en los años ’60.

“¿Quién sigue?
Luxemburgo la exigió.
Tal vez Mónaco, por qué no.
Trataremos de tomarlo
con serenidad, cuando tenga
la bomba…
¡Tuuuu-cuuuu-mán!
¿Quién sigue? ¿Quién sigue?”

La letra del tema hablaba de la bomba nuclear e incluía a Tucumán, una caldera a punto de estallar.

La revista Gente describía así la situación, en 1965: “La calma tucumana es muy tensa. (…) La rebelión de los cañeros es apoyada por otras huelgas de cines, confiterías y diversas casas de comercio. ¿Habrá arreglo?”.

¿Qué había pasado? En agosto de 1966, el gobierno militar de Juan Carlos Onganía, con la excusa de “terminar con esos focos de intranquilidad social” y, “sanear la economía distorsionada de la actividad azucarera”, firmó el decreto-ley 16.926 que intervino y cerró 11 de los 27 Ingenios que tuvieron actividad en la zafra de 1965.

Con el rostro de piedra que heredarían futuras administraciones, ya sin uniforme, explicaban que la medida quería terminar con el monocultivo, diversificar, y apoyar nuevas industrias que producirían “una lluvia de inversiones”. Oh, no.

¿La hubo? No, no las hubo.

El cierre de los ingenios azucareros
El cierre de los ingenios azucareros

Lo que si se produjo fue una bruta concentración de la actividad en los grandes ingenios tucumanos y los del norte, Jujuy y Salta. El Centro Azucarero Argentina nombró una comisión que se encargó del simpático reparto. Fue integrada, entre otros, por Fernando de Prat Gay, dueño del Ingenio Leales y abuelito de Alfonso, el ex ministro de Economía gradual de Mauricio Macri.

Todos muy contentos, menos la multitud de obreros y operarios que quedaron en la calle. Más de 200.000 migrantes que buscaron trabajo en cosechas lejanas, y 50.000 desocupados: 18.000 de las fábricas y 32.000 del campo. La tensión social se agudizó. Tucumán, y ollas populares, eran primera plana.

Ese clima social intolerable, provocado por una de las primeras medidas del onganiato, finalmente estalló y eyectó del Sillón de Rivadavia al general cursillista de bigotón y labio leporino. El primer Tucumanazo llegó el 14 de mayo de 1969, tras la ocupación de un Ingenio en Villa Quinteros, y terminó en un día de furia en la Capital.

El Cordobazo estalló enseguida, el 29 y 30 del mismo mes. Alejandro Agustín Lanusse trajo de urgencia de Estados Unidos a un general desconocido para que asuma la presidencia: Roberto Marcelo Levingston. Duró un suspiro.

La furia tucumana contagió al resto del país. En ese 1969 hubo dos Rosariazos, un Correntinazo y un Salteñazo. En 1970, un segundo Tucumanazo y un Catamarqueñazo. En 1971, el Viborazo (como respuesta a la frase del interventor José Uriburu: “En Córdoba anida una serpiente venenosa cuya cabeza pido a Dios me depare el honor histórico de cortar de un solo tajo”), un Casildazo y un Jujeñazo. Y en 1972, un Mendozazo, el Rocazo, un Telewazo y un tercer Tucumanazo.

Volvió Perón, asumió Perón, murió Perón.

Isabel Martínez de Perón (AFP)
Isabel Martínez de Perón (AFP)

Días antes de esa muerte, el 30 de mayo de 1974, la guerrilla del ERP, ya instalada en Tucumán con su compañía de monte Ramón Rosa Jiménez, decidió desandar la ladera del Aconquija y copar el pueblo de Acheral, con formación militar e izamiento de una bandera propia. Las fotos circularon por todo el país.

El que tomó a cargo el combate contra el ERP fue el comandante de la V Brigada de Infantería, general Acdel Vilas. Recién el 5 de febrero de 1975 Isabel Perón firmó el decreto 261/75 que le ordenaba al Ejército: “Ejecutar las operaciones militares que sean necesarias a efectos de neutralizar y/o aniquilar el accionar de elementos subversivos que actúan en la provincia de Tucumán”.

La ambigüedad de la frase “neutralizar y/o aniquilar” le abrió la puerta al infierno, literalmente. Hubo tres decretos más, firmados el 6 de octubre por Ítalo Luder, a cargo de la presidencia por una licencia “de salud” de Isabel, que extendió a todo el país la política represiva estrenada en Tucumán.

Acdel Vilas y Domingo Bussi
Acdel Vilas y Domingo Bussi

¿Cómo era esa política? Bastante novedosa, al menos en lo que se refiere a los límites, o a la falta de ellos. Se la contó a este periodista Acdel Vilas, sin ahorrar detalles, cuando planeaba convertirse en político, a mediados de 1982.

‒Nosotros llegábamos a una capilla donde, sabíamos, se escondían subversivos. Los sacerdotes nos negaban el paso: “General, por favor, ésta es la casa de Dios”, decían. “Bueno, gracias padre, ya nos retiramos”, les contestaba. A la noche volvíamos, sin identificación y con pasamontañas. Tirábamos la puerta abajo y nos llevábamos a los guerrilleros.

‒¿Esa técnica figura en los manuales militares que estudió?

‒Mire… La contrainsurgencia tiene reglas especiales. Nosotros aprendimos mucho de los paras franceses, que la desarrollaron en Argelia. Una guerra no convencional, necesita métodos no convencionales. Eso hicimos.

‒¿Por qué tardaron tanto? ¿Eran muchos?

‒Pero por favor… ¡Si los liquidamos en tres, cuatro meses! Todo el circo del Operativo Independencia fue político, y para que Bussi se hiciera rico. En lugar de perseguirlos, les destruimos la logística que los sostenía en el llano. Era gente valiente, no como los montoneros que ponían bombas y huían. Éstos peleaban, pese a estar mal armados y entrenados. Para mí fue un honor combatirlos.

Carlos Menem creó el primer candidato que no venía de la política: Palito Ortega. Y fue en Tucumán
Carlos Menem “creó” el primer candidato que no venía de la política: Palito Ortega. Y fue en Tucumán

La táctica de los pasamontañas, la falta de identificación, la tortura como método para conseguir información, y la desaparición física del enemigo, fueron moneda común al año siguiente, ya instalada en el Poder la dictadura militar. El gran ensayo, fue Tucumán.

La misma provincia loca de donde Carlos Menem “fabricó”, gracias al paciente armado político que hizo Chiche Aráoz, interventor federal, al candidato menos esperado: Ramón OrtegaY Palito llegó a gobernador. El experimento se repitió en Santa Fe con introvertido Carlos Reutemann, prócer de la F1.

La moda se hizo costumbre y así, también, llegó a gobernar Buenos Aires en 2007 (luego de ser diputado, ministro y vice de Kirchner) el motonauta Daniel Scioli. El último que lo intentó en Santa Fe (sin suerte, como el Soldado Chamamé que soñaba con Chaco y Riki Maravilla, que se veía gobernando Salta), fue el midachista Miguel del Sel. Ahora todos miran de reojo a Marcelo Tinelli, que se deja mirar.

Pero, ¿dónde nació esta curiosa metodología? En el Jardín de la República. No lo olviden.

El 24 de marzo de 1996, el ex fiscal del Juicio a las Juntas, Luis Moreno Ocampo, compartía con quién esto escribe un programa especial por los 20 años del golpe militar, en los estudios de Canal 8 de Tucumán.

La paradoja no era menor: ese mismo día, el 24 de marzo, Antonio Bussi, elegido por los votos seis meses antes, celebraba los 20 años de su primera jura como gobernador… de facto. Only in Tucumán.

Antonio Domingo Bussi
Antonio Domingo Bussi

El poder de la negación, tan fuerte entre los argentinos, actuó de inmediato. El caso Bussi era incómodo. Se lo ignoraba o, en muchos, casos se acudía a la ironía, como defensa. “Los tucumanos son locos, cómo van a votar a ese tipo. ¡No se puede creer!”, repetían las mentes bien pensantes de la Patria.

Mientras esos pequeños escándalos éticos se plateaban en las sobremesas, el huevo de la serpiente de Bergman latía cerca del puerto y otros pequeños Bussis ganaban espacio en la política.

En 1995, Luis Patti, un ex comisario acusado de atrocidades varias, ganó la intendencia de Escobar por el 73% de los votos, y a los cuatro años fue reelecto.

Aldo Rico, el ñato carapintada, ganó la intendencia de San Miguel, dos años después de la entronización de Patti: lo votó el 53% del padrón de la colorida Ciudad de las Flores.

Efecto Tucumán, a full.

En 1999, el Jardín de la República le dio más pasto a las fieras con la irrupción de candidatos algo exóticos, multiplicados geométricamente gracias a los infinitos sublemas del sistema electoral provincial (con 300 firmas y cierta audacia, cualquier podía ser candidato a algo). Más de 40.000 se anotaron, excitados por el deber patriótico y un sueldito seguro a fin de mes.

Las boletas del payaso Tapalín
Las boletas del payaso Tapalín

El climax de las burlas llegó al top, cuando se supo de la candidatura a concejal del payaso Trapalín, un personaje televisivo que hacía un señor conocido como Carlos Geomar, pero que en su DNI figuraba como César Quiroga, nacido en Rosario. El lei motiv de campaña era claro: “Trapalín, el concejal de los humildes y los niños”. No necesitó de ningún Durán Barba para seguir marketineando lindo: “No soy abogado ni médico, soy un simple payaso, pero nunca robé y siempre le di alegría a la gente”.

La cosa no anduvo. El payaso Trapalín perdió, como sus competidos menos convencionales como el turbio ex policía Mario “el Malevo” Ferreyra, y la bailantera Gladys, la bomba tucumana, que lideraba el sublema “Yo tengo fe”. La fe le dura, se ve, porque ahora anda a los abrazos con el gobernador Juan Manzur, con ganas de repetir candidatura.

Las risotadas porteñas se atragantaron en la primavera de 1995, cuando tres vedettes de la clásica Revista Porteña, lanzaron sus candidaturas.

Moria Casan (“tuve un orgasmo al votarme”) fue candidata a diputada por el Movimiento Federal de Centro; Zulma Faiad (“No fui, no me voté, debo ser récord”), representó al pequeño partido Esperanza porteña; y Ethel Rojo (“Soy pueblo, conozco sus necesidades”), fue tercera en la lista menemista del Frente Popular. Veinte años después, Amalia Granata recogió la posta de sus referentes en Santa Fe, con idéntica suerte. Ninguna de fue elegida.

Más payasos no hubo, hasta ahora. La negativa de Javier Milei para secundar a José Luis Espert en su proyecto presidencial 2019 ha sido un duro golpe para la causa.

Jose Alperovich y Juan Manzur
Jose Alperovich y Juan Manzur

En el siglo XXI, Tucumán también marcó tendencia. Con José Alperovich, el radical que aceptó ser ministro del justicialista Miranda para luego sucederlo como gobernador y líder peronista, se reavivó un fenómeno más viejo que la escarapela: el salto mortal hacia el otro lado.

Mientras Alperovich mutaba, a su mujer, Beatriz Rojkés de Alperovich, madre, ama de casa y empresaria exitosa, se le despertó una profunda vocación política. Fue titular del PJ provincial, diputada, senadora y hasta presidenta provisional del Senado desde 2011 hasta 2014: tercera en la línea sucesoria del Poder Ejecutivo, después de CFK y el vice Cobos.

El radical mendocino Julio Cleto Cobos, justamente, pasó del “Cristina, Cobos y vos” de la campaña 2007, a “Mi voto no es positivo”, cuando a las 4.20 AM del 17 de julio de 2008 volteó la Resolución 125, en pleno conflicto con el campo, luego de un debate que terminó empatado después de 18 horas de intenso debate. Fue.

Con otros radicales, Cobos había adherido con entusiasmo a Recuperación y Reconstrucción Radical para la Concertación, más conocido como el movimiento de Radicales K. Poco duró el amor; aunque algunos radicales históricos como Leopoldo Moreau siguieron en el lado K de la vida.

Cristina Kirchner y Julio Cobos
Cristina Kirchner y Julio Cobos

El siguiente éxodo radical, o giro táctico, o como se lo quiera llamar, se decidió en la turbulenta Convención de la UCR Gualeguaychú, el 15 de marzo de 2015. Allí se impuso la idea de Ernesto Sanz: sumarse a la alianza Cambiemos junto al PRO de Macri y la Coalición Cívica de Elisa Carrió. Un proyecto que hoy parece crujir entre viejos pases de factura y contradicciones internas.

Raúl Alfonsín, diría Borges, tuvo la precaución de dejar este mundo en 2009, como para no ser testigo de la vertiginosa colección de derrapes de sus muchachos.

Veremos, dijo Stevie Wonder, puso primera y aceleró a fondo.

Tucumán, la patria profunda, y nuestra Argentina salvaje, siempre tendrán nuevas historias para dejarnos con la boca abierta, compatriotas.

Fuente: infobae


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