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jueves, septiembre 24, 2020
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Educar en tiempos de pandemia

En este histórico momento de tristezas estructurales, de incertezas futuras y de tiempos que parecen eternizarse en días de aislamiento y de soledad, la educación ha pasado a ser uno de los motivos por los que la sociedad debate interminablemente. Los responsables de las decisiones desde las oficinas de los Ministerios nacional y provincial, dan marchas y contramarchas; como en el mito griego de Penélope – popularizado por Serrat en una canción- hacen de día y deshacen de noche, las decisiones y las planificaciones, dejando a los educadores y a los alumnos en tenebrosos estados de zozobra y de inacción. ¿Qué está bien y qué está mal? ¿Se evalúa o se promociona? ¿Se desaprueba al que nunca se conectó? ¿Es ético desaprobar al que no tuvo los 2.000 mil pesos mensuales que, según estudios publicados recientemente por La Gaceta, se necesitan para las actividades escolares en contexto de virtualidad?. Los planteos se agigantan y se amontonan, colapsan nuestro ánimo, nos paralizan, nos resquebrajan el entusiasmo, nos colocan en una vertiente de cuestionamientos éticos y antropológicos.

El comienzo de la pandemia nos encontró desconcertados pero con entusiasmo de guerrero medieval en tiempos de “guerras santas”. Nos metimos en las trincheras, salimos al campo de batalla, fuimos retaguardia, fuimos al frente, dimos marcha atrás ante el peligro, lideramos los escuadrones, auxiliamos heridos, dimos esperanzas a los temerosos, desalentamos a los pesimistas, nos pintamos los rostros para camuflarnos, pasamos por días lúgubres y parafraseamos a Cristo en Getsemaní: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.


Nos golpeó la soledad del aislamiento hasta que pudimos sociabilizar el dolor y descubrimos que era un dolor común, transversal, entremezclado y latiente en el corazón de cada educador. Y volvimos a pelear con armas gastadas, aprendimos a usar recursos nuevos, a digitalizar prácticas que habíamos sostenido durante décadas de forma presencial; y pensamos que nuestra bandera saldría victoriosa en el combate. Y cada educador, desde la soledad y el aislamiento, peleó su propia batalla. Cada educador, con la ventana abierta a un mundo que se caía en pedazos, un mundo que se desdibujaba, puso su vida al servicio de una pasión. Y una vez más protagonizó el despertar de un nuevo mundo pedagógico: la naciente virtualidad y sus concomitancias de conexión, desconexión, igualdad, desigualdad, invasión a la privacidad versus derecho a la intimidad. En cualquiera de los casos, siempre el fantasma del aula real aprisionando los resortes de un aula virtual desaliñada y taciturna. Porque la educación en tiempos de pandemia, y su consiguiente proceso de enseñanza a través de la virtualidad, ha demostrado la carencia de recónditas añoranzas. Al respecto, al aula virtual le son ajenos el encuentro con el otro, la mirada, la ternura, la complicidad y la solidaridad empáticas y compinches, la percepción del dolor y de la tristeza, la cercanía afectiva que denota el gran atractivo de un aula tradicional: la educación está transida de procesos sociales y afectivos, irrecuperables desde la virtualidad.


Pero no podemos negar que la virtualidad, con todas sus necias pretensiones de excelencia, ha venido a subsanar este tiempo de aislamiento social preventivo que nos ha encontrado indefensos y desprevenidos. Sin escatimar elogios y sin pretender negar el avance de las tecnologías educativas sobre los procesos de enseñanza , aprendizaje, queda abierto el debate sobre las condiciones de posibilidad de una educación que en este momento se licúa y hace efervescencia en un laboratorio lleno de tubos de ensayo. ¿Están garantizadas los matrices disciplinares de los saberes de cada asignatura o solamente tendremos especialistas en recursos tecnológicos? ¿Aprenderemos más tecnologías audiovisuales que matemáticas, lengua, historia o filosofía? Porque el protagonista, aún en tiempos de pandemia y de ineludible educación digital o virtual, debe seguir siendo el saber, los saberes, el conocimiento y no los recursos para apropiarse de ellos. Como en aquel viejo tango de Enrique Santos Discépolos, tratemos de que la educación no pase a ser como “la biblia junto al calefón” y que no dé lo mismo “un burro que un gran profesor”.

Graciela Jatib

Licenciada en Filosofía


Ventana del Norte

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