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lunes, septiembre 27, 2021
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ANIBAL “PICHUCO” TROILO

Primera Parte

Si me permiten los lectores esta historia la vamos hacer seguramente en dos partes, porque hablar del bandoneón mayor, tiene mucha tela por cortar, aparte de ser atrapante,  Aníbal Troilo nació en el hospital de niños, muy cerca de la casa de sus padres de la calle Cabrera 2937, entre Anchorena y Laprida (en pleno barrio del Abasto), un 11 de Julio de 1914 pero desde los ocho años de edad (después de la muerte de su padre) vivió en Soler 3280, entre Gallo y Agüero.

Sus padres se llamaban Felisa Bagnoli  simplemente ama de casa y Carmelo Troilo que era carnicero con un puesto de ventas en el mercado de Charcas y Anchorena, se habían casado en la iglesia de Balvanera el 11 de noviembre de 1909. 

Su padre le habría puesto el seudónimo de Pichuco, nombre por el cual llamaban a uno de sus mejores amigos; el apodo podría ser una deformación del napolitano “picciuso” que significa “llorón”, tuvo dos hermanos, un varón, Marcos, y una mujer, Concepción, que murió de corta edad. 

“Sobre mis primeras lágrimas de niño, con su dulzura de hombre, acaso feliz, mi padre trató de calmarme, “Bueno, Pichuco, bueno”, dijo “Pichuco” y me quedó para siempre”. 

Podría ser también el otro origen de ese apodo, por el color de piel de él, como en el litoral ese vocablo pichuco equivale a negrito, como un diminutivo hibrido del guaraní Pichú, también puede ser un derivado de pichuquiar, por ejemplo en nuestro valles en Amaicha en noviembre el algarrobo comienza a pichuquiar, o sea las flores inútiles se desprenden.    

Durante su niñez, Troilo escuchaba tocar el bandoneón en los bares de su barrio, a los 10 años convenció a su madre para que le comprara su primer bandoneón, Felisa lo compró a 140 pesos de aquella época, a pagar en 14 cuotas de 10 pesos; el vendedor fue un ruso de la av. Córdoba, pero luego de la cuarta cuota el vendedor desapareció y nunca reclamó la paga del resto.

Aunque no lo crean él jugó al futbol, en el Regional Palermo y en el San Salvador era un centrohalf o centrofoward ( así se decía al centro delantero de hoy),  y el con sus ganas de tocar el bandoneón, se contactó con Goyo, un muchacho que tocaba el bandoneón en cafés del Centro, Aníbal quería aprender pero Goyo era, apenas, orejero, y él le dijo que probara con un maestro que él conocía, Juan Amendolaro, y justo a él recurrió Troilo, después de seis meses febriles, Amendolaro tiró la toalla, “Ya está, pibe, no tenés nada que aprender”.

Un año después, en 1925 (cuando contaba con 11 años de edad) “Pichuco” realizó su primera actuación, en un bar pegado al Mercado de Abasto (el mercado central de frutas y verduras de Buenos Aires), más tarde integró una orquesta de señoritas, a los 14 años ya había formado un quinteto, estudio hasta tercer año en la prestigiosa Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini.

Una tardecita de 1928, un gordito retacón, con ojos de japonés, bajó del tranvía 31 y encaró para el lado de la calle Soler, en la frontera sur de Palermo Viejo con el Abasto y Almagro, el pibe venía del Carlos Pellegrini, del colegio, en la esquina, lo pararon sus amigos: el jorobadito Goyo, Duve, el flaco Cutaro, Luisito el peluquero… “¡Dogor! le gritó el jorobadito ¿te querés ganar unos mangos? Te conseguimos una actuación en el Petit Colón”.

En su barrio, como en cada rincón de la ciudad a orillas del Rio de la Plata, sonaba el ritmo nervioso y cadencioso del tango, y “Pichuco” creció escuchando aquel compás que lo enamoró para siempre, mientras permanecía sentado en los umbrales de los bares donde sólo se respiraba el aroma de esa sensiblera música ciudadana. 

Así empezó la historia, el gordito retacón con ojos de japonés tenía 14 años, los pantalones cortos y todo el barrio adentro, se llamaba Aníbal Carmelo Troilo, había tocado en el cine Petit Colon, en el café Ferraro y en el Río de la Plata y en el Place Medrano.

En diciembre de 1930 fue contratado para formar parte del famoso sexteto del violinista Elvino Vardaro, el pianista Osvaldo Pugliese y Alfredo Gobbi (hijo) (quien era apenas el segundo violín del conjunto, pero más tarde se haría célebre como director de orquesta), allí tuvo como compañero a Ciriaco Ortiz, de quien Troilo más adelante se consideraría deudor, un detalle ese sexteto no realizó ninguna grabación discográfica.

Troilo pasó por numerosas orquestas, entre otras, nombramos las de Juan Pacho Maglio, Julio de Caro, Juan D’Arienzo, Ángel D’Agostino y Juan Carlos Cobián, hasta que tuvo la suya, más allá que solía hacer dúos con bandoneones o bien acompañado por una guitarra.

Fue uno de esos contados artistas que nos hacen preguntar qué misterio, qué magia produjo semejante comunión con el público, como ejecutante del bandoneón no fue un estilista como Pedro Maffia, ni un virtuoso como Carlos Marcucci, ni un creador múltiple como Pedro Laurenz, ni un fraseador como Ciriaco Ortiz

Pero de todos tuvo algo, y fue fundamentalmente, él mismo, personalidad y sentimiento en la expresión, como director de orquesta cultivó un estilo netamente tanguero, equilibrado, sin efectismos y de buen gusto, supo rodearse de los mejores ejecutantes de acuerdo a sus ideas musicales; eligió con buen tacto buenos cantores, que a su lado invariablemente dieron lo mejor de sí, a punto tal que una vez alejados de su orquesta, a lo sumo parcialmente y por poco tiempo rindieron al mismo nivel. 

Supo además elegir el repertorio sin doblegarse ante las imposiciones de las empresas grabadoras, finalmente, fue un inspirado compositor, creador de temas que perdurarán, lo mismo que sus versiones de obras ajenas, transformadas en clásicos a través del tiempo, han dicho que tenía algo de Pedro Maffia, pero si alguien ha influido más claramente en su forma de tocar, en la de hacer conversar al bandoneón, en la capacidad de conmover estirando las notas en sus fraseos, ése ha sido Ciriaco Ortiz

Tocaba ligeramente inclinado hacia adelante, los ojos cerrados, la papada colgando, pasado el tiempo, comentó, “Se dice que yo me emociono demasiado a menudo y que lloro, sí, es cierto. Pero nunca lo hago por cosas sin importancia”, quién escribe tuvo la suerte de poder ver ese espectáculo, casualmente en la “esquina del tango” en Paraná y Paraguay, donde en noches inspiradas de tango los días viernes, solían pasar solo los grandes de la música del 2×4, todo un lujo y un placer el haber sido un espectador sentado en los peldaños de una escalera de madera, al finalizar el programa de la Boutique del Ángel, conducido por Bergara Leumann, todos asistían a este lugar, era una noche de amigos con grandes intérpretes, a puertas cerradas, solo pude apreciar lo que quedó de éste nuestro tango, les hablo del año 1970.

Lo llamaron el “Bandoneón Mayor de Buenos Aires”, como lo bautizó Julián Centella aunque seguramente hubiera sido más acertado bautizarlo como el “Bandoneón Mayor del Universo”, ya que su estilo único e irrepetible, las cualidades de su técnica interpretativa, y su estética compositiva dieron un vuelco al Tango que aún hoy continúa abriendo nuevos caminos innovadores, y por supuesto cosechando seguidores.

Troilo tenía esa magia especial de artista porteño, mezcla de noche, tristeza y zaguán, lo que hizo posible que en cada una de sus composiciones e interpretaciones se transmitieran las sensaciones vividas en el patio del conventillo bajo la suave luz de la luna y el aroma irresistible de los malvones, todo eso tienen las composiciones de Troilo, y en definitiva todo eso es Tango.

En el año 37 conoce a Ida Calachi, muchacha de origen griego, “Zita”, cuando su madre Felisa murió, como homenaje, la pareja se casó por iglesia. (En realidad, “Pichuco” se fue a vivir con Zita recién tras la muerte de su madre). Ella era empleada en un local nocturno, se casa con ella al año siguiente. Cuando también llega por primera vez al disco, esto ocurrió en el sello Odeón el 7 de marzo de 1938 con los tangos “Comme il faut”, de Eduardo Arolas, y “Tinta verde”, de Agustín Bardi

Sin embargo, por conflictos con la empresa no registró ninguna otra placa, hasta que en 1941 volvió a grabar para Víctor, lo hizo el día 4 de marzo de aquel año con su cantor emblemático, Francisco Fiorentino, popularmente conocido como “Fiore”, la orquesta de Troilo grabó hasta el 24 de junio de 1971, día en que dejó registrada la última de sus 449 versiones.

Su ascenso fue meteórico, Troilo fue autor de 60 excelentes Tangos, los músicos que lo acompañaron en su carrera musical han elogiado cada aspecto de su persona, su talento fue sorprendente, por lo precoz y la grandeza de su aporte al género, los entendidos, afirman que su grandeza radica en que su pasión era tal, que eso mismo lo elevaba, Troilo cerraba sus ojos cuando tocaba pero no pudo explicar el motivo, en ocasiones dijo que lo hacía porque se sentía dentro de sí mismo.

Tras la muerte de Homero Manzi, una noche interrumpió un juego de Bacarat se aisló en una habitación para componer en un rato su obra “Responso”, un lamento que está catalogado como uno de los tangos más brillantes de todas las épocas, lo grabó pero luego se negaba a tocarlo, solo lo ha hecho a pedido del público, pero se sabe que sufría cuando lo hacía, debemos recordar que tanto Homero como “Pichuco” fueron muy amigos.

La muerte de su mejor amigo, le produjo una profunda depresión que duró más de un año, en 1971 (en conmemoración de los veinte años del fallecimiento del poeta santiagueño) Troilo inauguró la plaza Homero Manzi, ubicada en Av. Del Barco Centenera y Riestra del barrio de Pompeya nada que ver con la esquina Homero Manzi esa esquina es la de San Juan y Boedo.

El tango moderno lo inventó él con sus pocos conocimientos musicales pero con su condición de gran músico, tenía la sensibilidad y la capacidad de ser un director con todas las de la ley, nació para eso”, y es tan cierto que Troilo había nacido para eso, que cuando se sentaba a tocar el bandoneón se producía una comunión

Troilo fue un melodista extraordinario, talentoso para la composición como lo demuestra en obras de su autoría para letras de Homero Manzi (Barrio de tango, Sur, Discepolín, Che Bandoneón), Troilo tuvo en su orquesta al innovador del tango, cuando era joven, nada menos que a Ástor Piazzolla, como podrán ver nada fácil es poder describir la vida artística de este gordo, que tuvo ciertos privilegios como la de tocar con los grandes músicos, que sus cantores han sido los mejores, pero eso lo vamos a dejar para mañana para continuar con más “Pichuco”.

Ing. Aldo O. Escobar

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