Orlando Goñi, nombre artístico de Orlando Cayetano Gogni, fue un pianista, y me arriesgo a decir sin temor a equivocarme que fue el más grande de todos y un director de orquesta de tango, además de ser un clásico bohemio. Su período de mayor actividad coincidió con la llamada “Edad de oro” del tango, pero su trayectoria fue muy corta.
Astor Piazzolla sostenía que “en el piano había sido un genio”. Y esta afirmación, por sí sola, ayuda a comprender la devoción que todavía hoy, en el ambiente tanguero, concita Orlando Goñi, al punto de ser incluido en el grupo selecto y reducido de los grandes del teclado, junto a Horacio Salgán, Carlos Di Sarli, Osmar Maderna y Jaime Gocsis.
Orlando Goñi fue un extraordinario pianista del tango, nacido en Buenos Aires el 20 de enero de 1914. Estudió con el maestro Vicente Scaramuzza y recibió la influencia de Francisco De Caro. En 1928 debutó en la orquesta de Alfredo Calabró. Con Alfredo Gobbi formó un sexteto y actuó posteriormente en las orquestas de Miguel Caló, Manuel Buzón y Anselmo Aieta. Fue convocado en 1937 por Aníbal Troilo, cuando formó su primera orquesta típica.

Goñi la condujo con un lenguaje muy personal, un sonido romántico y voluptuoso. Debutó con “Pichuco” en el cabaret “Marabú” el 1º de julio de 1937. La primera grabación fue “Comme il faut”, para el sello “Odeón”, el 3 de julio de 1938. La última, “El distinguido ciudadano”, el 4 de agosto de 1943.
En realidad se podría decir que Goñi era un poeta del piano, que llenaba todos los espacios posibles con su ejecución brillante. Fue alma y vida en la orquesta del “Gordo” Troilo, considerado como uno de los más notables pianistas del tango de todas las épocas, de ahí el apelativo de “El pulpo del piano”. Bohemio incorregible, con una vida muy desordenada, sus ausencias a los ensayos o presentaciones, cada vez más frecuentes, fueron cubiertas por Astor Piazzolla repetidas veces. Estuvo junto a Troilo 6 años, durante los que grabó 71 temas. En setiembre de 1943 se separó y formó su orquesta con formidables valores de primera línea, debutando el 1º de diciembre de 1943 en el “Café Nacional”.
Fueron sus vocalistas Francisco Fiorentino, Antonio Rodríguez Lesende, Osvaldo Cabrera y Raúl Aldao. En 1944 actuó en “Radio Belgrano” y en locales nocturnos. No grabó comercialmente pero dejó registrados dos acetatos de mala calidad con los tangos “El taura”, “Y siempre igual”, “Chiqué” y su milonga “Mi regalo”. Dirigió su orquesta durante un año.
No tuvo una gran formación musical, aunque era muy inteligente y asimiló bien las enseñanzas de Vicente Scaramuzza, su maestro. A apenas 17 años de edad pasó a integrar un sexteto con Troilo y Alfredo Attadia en bandoneones, Alfredo Gobbi (su amigo y compinche de la infancia, apenas dos años mayor) y su hermano José en violines y Luis Adesso en contrabajo.
Un año después lo convocaron sucesivamente, para integrar efímeras agrupaciones, Cayetano Puglisi y el futuro bandoneonista de Troilo, Juan Miguel “Toto” Rodríguez. Pero el momento clave para su trayectoria fue el reencuentro en 1937 con Pichuco para integrar el conjunto gigante que Juan Carlos Cobián estaba formado para los carnavales de ese año.

Goñi (cuyo verdadero apellido era Gogni, por sus ancestros italianos) estuvo con Troilo hasta septiembre de 1943. Seis años que le valieron un reconocimiento que perdura, acrecentado, hasta hoy. Su forma de tocar el piano, en una extraña posición con las piernas abiertas y extendidas, sin recurrir a los pedales, se traducía en un sonido suave pero firme, en un fraseo limpio y pausado, grave y cansino, de su mano izquierda, con una marcación cerrada, bien milonguera, y en acordes que ligaba con “rubatos” sugestivos.
Era una forma inimitable de “llevar” la orquesta. Fue Goñi el primero en establecer la llamada “articulación” en el piano, convirtiendo el normal “marcato” de las orquestas del 40 en una ligazón de las notas, traducida en un bordoneo que le daba más espacio y tiempo a los músicos. Su mano derecha arrancaba sonidos que parecían salidos por su pureza fónica de un arpa, mientras la izquierda daba pura síncopa, marcando entradas y finales de cada compás. Le costaba someterse disciplinadamente a orquestaciones y arreglos, porque era un intuitivo genial, un creador espontáneo.

Tenía manos blancas, inmaculadas. Vestía siempre trajes a la medida. Y alrededor de sus ojos se ahondaban dos enormes y profundas ojeras, que le daban cierto aspecto espectral, como se puede apreciar de algunas fotografías de aquella época que han sobrevivido. Una imagen totalmente distinta a la que debían ofrecer de adolescentes tanto él como su amigo Gobbi (o bien “Chingolo”) cuando ocupaban butacas en las primeras filas del cine Select, de calle Lavalle, para no perderse nota de los tangos que tocaba, durante los intervalos entre las películas, el sexteto de Julio De Caro, en cuyo piano sentaba a su hermano Francisco. Era a los solos de éste que Goñi dedicaba su mayor atención cuando, alumbrados tanto él como Gobbi por los fósforos que encendían, se ponía a garabatear notas musicales. Puede decirse que ambos, sin haber cumplido aún 15 años, ya estaban incorporados como músicos de punta, sin imaginarlo, a la llamada corriente evolucionista del tango.
Su problema fue que, con el tango a nivel profesional y con la noche de Buenos Aires, Goñi entró en una bohemia descontrolada, hecha de alcohol (¿y otros vicios?), que al fin lo llevó a la perdición. Piazzolla, pese a admirarlo, fue impiadoso con él: “Nunca fuimos amigos, creo que Orlando tampoco los tenía, a no ser un grupo de borrachos como él que paraban en un boliche cerca del Tibidabo”. Y lo definió como “uno de esos extraños personajes del tango, tenía en su cara la palidez de los hombres y los músicos de cabaret, el color tango en la década del 40”.
Según Astor, muchas veces salía el ómnibus para ir a tocar en algún baile y Orlando no aparecía, estaba borracho en algún bar, por lo que le tocaba a él reemplazarlo en el teclado. Pocos saben que, harto de esta repetida falta de seriedad, Troilo lo cesanteó, pero respetando todos los aspectos legales, ya que se presentó con un escribano en el bar El Germinal, donde Goñi estaba en plena ebriedad, y le comunicó su despido. En su lugar Pichuco incorporó a José Basso. El Pulpo, a su piano le imponía un sonido suave, fraseo limpio y pausado, inagotable imaginación creadora, tenía una forma inimitable de «llevar» a la orquesta. Adoptaba una extraña posición frente al piano, sin posturas académicas.
Una actitud informal con su bordoneo grave, cansino, con una marcación cerrada y acordes ligados en «tempo rubatto». Tenía influencias de pianistas de jazz de su tiempo y el uso de la síncopa le daba una personalidad distinta a sus interpretaciones.
Piazzolla había dicho de él: “tenía unas manos hermosas, como nunca le vi a otro pianista. Era uno de esos personajes del tango.
No le gustaba la música clásica ni el jazz, pero tocando el tango era algo supremo. Lo tuve que reemplazar varias veces en el piano (Astor era bandoneonista de Troilo) que yo tocaba mal, pero ante la emergencia tenía que hacerlo. Piazzolla aseveró que la orquesta de Troilo era un invento de Goñi en el piano y Kicho Díaz en el contrabajo. Ambos marcaron el sonido del conjunto.
Y me detengo en su versión de “Y Siempre Igual”, tango elegido por Goñi seguramente porque se sintió identificado con el personaje, casi idéntico a él mismo. Es un soñador que está esperando en un bar tenuemente iluminado por luces mortecinas, entre café, billar y cigarrillos, el contacto telefónico que le debería asegurar el éxito, pero que no llega nunca. Un silencio frente al cuál, como avizorando su derrota, se sume en el abismo negro de la frustración y el desencanto, mientras lo acosan recuerdos que reviven (“pitada, con pretensión de beso”, una figura genial).
Y Goñi, como han subrayado quienes lo conocieron, era fácil víctima de pozos emocionales y depresivos, en cuyas garras quedaba férreamente atrapado.
Vale la pena repasar los versos de “Y Siempre Igual” escritos por Caruso, porque permiten arriesgar una hipótesis descifradora para su triste y temprano adiós, aquí está narrada su pequeña historia en versos, será una casualidad?
Y siempre igual, con sus luces mortecinas,
un cigarrillo y café para esperar,
ruido de dados, palabras con sordina
y una esperanza rodando en el billar.
Es siempre igual, todos los sueños sentados
sed de llegar, sed del que no pudo ser,
y siempre igual, el teléfono ocupado.
Express, ¡marche un cortado!
Che mozo… ¿Cuánto es?
Espera que se acodó en la mesa
con triunfos que tardan en llegar.
Fracaso que pinta una cabeza
con canas, así no sueña más.
Pitada, con pretensión de beso.
Recuerdos con nombre de mujer.
Poeta, yo también hice un verso.
¡El verso que nunca le diré!
Vuelvo al café, ya no soy aquél que era;
tal vez los años, cansancio, o que se yo.
Vuelvo al café y en su mesa de madera
no ha de emprender nuevos viajes mi ilusión.
Y es siempre igual, todos los sueños sentados,
un nuevo autor que anda en busca de un laurel,
y siempre igual, el teléfono ocupado.
Express, ¡marche un cortado!
Che mozo… ¿Cuánto es?
Lo demuestran recortes periodísticos en los que Goñi agradece el entusiasta sostén recibido del público. Y otros anunciando su presentación con tonos rimbombantes, como cuando tocó en el Palermo Palace. “Su digitación tentacular de pulpo encierra toda la emoción del tango”, lo exaltaba la del aviso en la puerta del Palace. Por esa época Ayala , que ha sido un atento estudioso del gran pianista, sostiene que cuando la orquesta se presentó en el café El Nacional, a partir del 1 de diciembre de 1943, convocó a verdaderas multitudes (“en 15 días desfilaron para aplaudirlo 25.000 personas”). Radio Belgrano lo invitó a formar parte de su cartelera para 1944. Tuvo acceso a algunos locales nocturnos. El diario “El Mundo”, allí lo definió “El Mariscal del Tango”, mientras se popularizó el pseudónimo más significativo que le fue aplicado: “El Pulpo del Piano”.
Fue un genio tocando el piano. Era un intuitivo formidable, su estilo era pura esencia tanguera, llena de cálidos matices.

Por el momento, no hay explicaciones para este interrogante, aunque se haya dicho una y otra vez, con mordaz insistencia, que la bohemia equivocada le estaba pasando su factura final, tras haberle “quemado” la vida prematuramente.
Un dato es cierto y debe tenerse en cuenta a la hora de las hipótesis. Goñi no halló el eco que esperaba en las casas discográficas, cuyo rol en los años 40 era fundamental para el lanzamiento a la fama grande de cualquier nueva formación orquestal. En efecto, no pudo grabar en forma comercial por la sordera cerebral de sus directores, ocupados únicamente en obtener ganancias fáciles sin correr riesgos.
De la orquesta de Goñi sólo se han podido rescatar dos discos de acetato, no comerciales y de pobre calidad, que incluyen los instrumentales “Chiqué” y “El Taura”, la milonga ya citada “Mi Regalo”, con la voz de Cabrera, y el misterioso y enigmático “Y Siempre Igual”, con letra de Luis Caruso y música de Arturo Gallucci que canta Aldao. Es válido preguntarse qué repercusión habría tenido su orquesta de haber recibido, por ejemplo, el vigoroso sostén que RCA Víctor le dio a Troilo.
Los desórdenes de Goñi debido a sus adicciones, su vida disipada y pródiga fueron las causantes de este fracaso.
Hundido en deudas y con el instrumento empeñado, Orlando Goñi murió, en una alocada carrera suicida cuando apenas había traspuesto la barrera de los 30 años.
El epílogo de su vida lo encontró en Montevideo, con su organismo estragado por el alcohol y las drogas. Su amigo, el bandoneonista Juan Esteban Martínez quien había sido integrante de su orquesta, lo acogió en su casa, esperando el inevitable desenlace de quien fuera uno de los pianistas más recordados del tango, murió el 5 de febrero de 1945, tenía 31 años, solo fueron 17 años dedicados al tango.
El Pulpo, fue íntimo amigo de Alfredo Gobbi “el violín romántico del tango”, también excepcional músico quien luego de la muerte de Goñi, compuso un notable tango que tituló precisamente “Orlando Goñi”. Ambos fueron irremediablemente bohemios. Gobbi murió 20 años después completamente solo y enfermo en una habitación -vaya paradoja- de un hotel de mala muerte de la zona del Once.
El tema “Osvaldo Goñi”, fue grabado sucesivamente por Aníbal Troilo (dos veces), Osvaldo Pugliese y Osvaldo Piro. Era la sigla con la que se presentaba su orquesta. Pero no muchos saben que Gobbi, además del acetato instrumental que RCA Víctor dejó para la historia y que se ha convertido en un verdadero “cult”, hizo en el piano como solista un propio registro artesanal, que se conoce acoplado a su versión de “Mi Redención”, otra joya de su vena creativa.

En las discusiones sobre tango suele elogiarse a un músico diciendo que su sonido es “moderno” o “evolucionista”, pero en realidad, esta “modernidad” del sonido de Goñi es bastante cuestionable, si la comparamos con otros exponentes más arriesgados del género, como Astor Piazzolla o Eduardo Rovira.Sin embargo, el estilo de Piazzolla, en la opinión de los auténticos tangueros rioplatenses, ya deja de ser tango y pasa a ser otra cosa, música ciudadana le mencionaron algunos, por lo cual Goñi estiliza y profundiza el arte del tango, sin alejarlo de otras influencias.
Ventana del Norte
Ing. Aldo O. Escobar



