Hay chicos que llegan a tener 600 convulsiones por día, mirá si a nosotras nos va a importar que nos lleven presas por buscar una cura para nuestros hijos”, se planta Mónica, una de las pioneras entre las madres tucumanas que militan por el acceso al cannabis medicinal. Esa misma firmeza que se traduce en su voz, la ha llevado a sortear la seguridad del Hospital Obarrio y meter enguillado un frasco de aceite de cannabis para Lautaro, un adolescente de 16 años con esquizofrenia que no paraba de golpearse y de golpear a quien se le cruzara tras 26 horas sin poder dormir.
“Los médicos no aceptan el tratamiento con aceite porque a la mega industria farmacológica no le conviene”, afirma esta mujer de 45 años que se llama Mónica Rodríguez y no teme dar a conocer su nombre completo porque, a pesar de lo que por ahora establece la ley, no es una delincuente, sino una madre que procura una mejor calidad de vida para su hijo.
Mónica nunca fumó un porro ni sabía nada de la planta hace tres años cuando viajó a Córdoba para participar por primera vez de una reunión de Mamá Cultiva, la ONG que reúne a madres de niños con distintas patologías que encuentran un paliativo en el cannabis medicinal. Estaba llena de prejuicios respecto a esa “droga” de la que siempre le habían hablado como una amenaza para la salud pública, pero entonces pudo más su desesperación por mitigar las crisis constantes de Juan Cruz, su hijo de 11 años que padece un autismo moderado. De ese encuentro no sólo volvió con más información y menos preconceptos respecto a la marihuana, sino también con un frasco de aceite de cannabis. Como desconfiaba aún de los efectos del aceite, comenzó por probarlo ella y su marido durante toda una semana: “Recuerdo que la primera noche he dormido de una manera fantástica”, dice ahora entre risas para luego aclarar “es que somos papás que vivimos con mucho stress”. Los niños con autismo como Juan Cruz, cuando sufren ataques, suelen reaccionar de forma violenta con las personas que los rodean y consigo mismos: se pegan, se golpean la cabeza contra las paredes, muerden; situaciones demasiado traumáticas. Eso obliga a los padres a vivir en constante estado de altera. A las dos semanas de consumir el aceite, Juan Cruz comenzó a evidenciar signos de mejoría. De las cinco crisis diarias que sufría por entonces, hoy sólo tiene una o dos al mes.
La experiencia de Mónica sirvió para que otras madres tucumanas también se animaran a usar el aceite para tratar a sus hijos. Esa movida que empezó con unas diez mamás de chicos con epilepsia y autismo, se convirtió en un grupo de WhatsApp con alrededor de 150 participantes donde intervienen también familiares de pacientes con otro tipo de patologías como fibromialgia, cáncer y HIV. Aunque desde su paso por la escuela primaria ella no hacía germinar una semilla, comenzó hace dos años con ayuda de cultivadores a sembrar marihuana para producir el aceite. Dado que no todas las cepas de la planta sirven para todos los casos, Mónica continúa importando de manera clandestina desde Estados Unidos el aceite para Juan Cruz a un costo de 6000 pesos para casi tres meses de tratamiento. Sin embargo, el aceite que fabrica siempre le sirve a otra madre del grupo. Así, con el intercambio de semillas de distintas variedades y diferentes aceites, las madres conciben el cultivo de la planta como un cultivo solidario.
A fines de marzo del año pasado, el Senado de la Nación sancionó por unanimidad la legalización del uso medicinal del cannabis. Sin embargo, desde entonces hasta ahora casi nada ha cambiado para aquellos que necesitan del tratamiento, ya que en Argentina no se produce ni tampoco se permite la importación del aceite. Esta ley tampoco contempla el autocultivo y la fabricación casera del aceite de cannabis. De acuerdo a la ley de drogas vigente, aquellos que cultivan sus propias plantan y producen su aceite pueden ir hasta 15 años presos. Los únicos que consiguen actualmente acceder de forma legal al tratamiento  son aquellos que hacen el trámite ante la ANMAT (Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica) para impórtalo desde el exterior. En esos casos, uno de los problemas es el elevado costo de los aceites importados, ya que son precios que cotizan en dólares o en euros. Pero la principal dificultad es que a ese trámite sólo pueden acceder los pacientes que padecen epilepsia refractaria. Por lo tanto, quedan al margen de la ley todos aquellos que sufren cualquiera de las otras patologías para las cuales el cannabis actúa como paliativo.
Es por eso que los principales pedidos de las madres que marcharán hoy a las 18 a Plaza Independencia será el de la inclusión de todas aquellas patologías que necesiten de la medicina cannabica y la despenalización total del uso medicinal de la planta.
La misma planta, distintos usos
Las madres no estarán solas esta tarde en la marcha, las acompañarán aquellos que consumen marihuana no ya para paliar los efectos de alguna enfermedad, sino por puro placer. Aunque usen la planta con propósitos diferentes, la lucha es una sola: vencer la condena social que pesa sobre la marihuana y dejar de ser tratados como delincuentes por cultivarla o fumarla. Mónica reconoce que, en un principio, había mucha desconfianza y resquemor entre las madres con los usuarios recreativos. Pero estos no sólo compartieron con ellas sus conocimientos sobre el cultivo, sino que también aunaron sus fuerzas para que la causa se visibilice y salga del ostracismo: “La planta es una sola y tanto ellos como nosotras estamos amparados por el artículo 19 de la constitución nacional que dice que las acciones privadas de los hombres que no ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a terceros, están sólo reservadas a Dios”.
En términos científicos la cuestión puede explicarse así: los principales componentes químicos de la marihuana son dos: el THC (tetrahidrocannabinol) y el CBD (cannabidiol). El primero es un psicoactivo, dicho en criollo: el que nos hace “flashear” cada vez que fumamos un porro. El segundo, en cambio, activa otros receptores en el cuerpo relacionados, entre otras, a las sensaciones de dolor. Es por eso que para el cannabis de tipo medicinal se busca generalmente una mayor concentración de CBD y no de THC, que es el componente que requieren los que hacen un uso recreativo de la planta. La mayor o menor presencia de uno u otro de estos elementos, los cannabinoides, varía de acuerdo a las distintas cepas y variedades de la planta.
Probé porro hace cuatro años y ha sido un bombazo, me encanta. Si tomás alcohol, por ejemplo, al otro día te sentís horrible y con el faso al otro día estás perfecto. La gente piensa que se te queman las neuronas porque hay muchos prejuicios y desinformación. Creo que si leyeran un poco al respecto entenderían que no es así”, relata Ana de 25 años. La joven que estudia inglés y trabaja haciendo traducciones se define orgullosamente como una consumidora de marihuana con fines recreativos desde esa noche en que le pasaron un porro en una ronda de amigas.
Fumar un porro cada cuatro o cinco días se volvió desde entonces un hábito que la ayudaba a sacarse el stress y a, como ella dice, reírse por cualquier cosa. Como no quería depender de los dealers ni exponerse a los riesgos que rodean a la ilegalidad de tener que ir a comprar marihuana, comenzó a cultivar sus propias plantas en un indoor, como se los llama a los pequeños viveros caseros iluminados por luz artificial. “Hoy conseguís toda la información que necesitás en internet, es sólo cuestión de animarse a tener tu planta”, asegura.
Augusto tiene 23 años, trabaja en una farmacia y aspira a retomar la carrera de piscología que dejó en tercer año. Es muy delgado, tiene los brazos tatuados y una sonrisa compradora. Conoció el porro a los 13 años en una ronda de amigos y le gustó lo que generaba en él: lo relajaba y frenaba un poco de ese ímpetu adolescente que a veces podía traducirse en formas violentas. A los 16 recién empezó a fumar con cierta regularidad. Como la mayoría de los consumidores, fumaba “paraguayo”, esos pequeños bloques prensados de marihuana llegados de donde su nombre lo indica.  Hasta que conoció el dulce cuelgue de las flores extraídas directamente de la planta y ese fue otro mundo porque mejoraba considerablemente la calidad: con sólo un par de pitadas era suficiente. Convenció a sus padres de que lo dejaran cultivar plantas en su casa y ellos terminaron accediendo: nada mejor que zafar del ambiente turbio de los dealers. Hasta llegó en algunas ocasiones a compartir un porro con su padre de 65 años.
“Me gusta la estimulación del pensamiento abstracto que genera la marihuana.  Te cambia la mirada y te permite encontrar conexiones donde antes no las había”, reflexiona. Augusto además es rapero y asegura que fumar le permite improvisar de otra manera y encontrar nuevas formas de rimas. Reconoce que acerca de la marihuana circulan distintos mitos, como ese que afirma que se trata de una puerta de entrada para el consumo de otras drogas. En realidad, el problema no es la planta sino el negocio del comercio ilegal: “me pasó de ir a pegar faso y, como no tenían, me ofrecían cualquier otra cosa”. Con el tiempo, aprendió a distinguir entre un “fumeta” o “fumanchero” y aquellos a quienes suelen llamar con tono peyorativo drogadictos. Ni todas las drogas sociales son iguales, aunque para la ley pareciera que sí; ni todos los que consumen habitualmente marihuana son adictos. Para él la solución está en el autocultivo. Para escapar de la amenaza narco, junto a un grupo de amigos han establecido un sistema solidario donde se intercambian semillas, información acerca del cultivo y los resultados de las cosechas. De esa manera, se evitan tener que salir a comprar.

Augusto hace varios años que participa en Tucumán de la Marcha Mundial de la Marihuana y es uno de los que ha ayudado a las madres a difundir la movilización de esta tarde: “Es muy importante concientizar a la sociedad y sociabilizar la información para que se deje de demonizar a una planta que tiene muchísimas propiedades terapéuticas”. Hoy Agusto, Ana, Fanny, Mónica y muchas madres y usuarios recreativos más marcharán juntos convocados por una planta y una causa en común.

 

 

 

 

 

Fuente: El Tucumano

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