Un tsunami de alegría en tiempos difíciles. Un grito que llevaba largos años atorado en las gargantas de los hinchas. Una verdadera fiesta nacional y popular. Los tucumanos vivieron con euforia desmedida la consagración de la selección nacional en la Copa América y volvieron a copar las calles como no sucedía hace mucho dado el contexto de la pandemia. Solos o en grupo. A pie, en moto, en autos, en camionetas cargadas de banderas y hasta en un kayak que se animó a navegar la marea celeste y blanca, los hinchas colmaron las arterias céntricas de la capital y de las principales ciudades de la provincia para una celebración tan esperada como necesaria.
Fue mucho remar para, al fin, llegar a la orilla. Lo saben los jugadores de esta selección que pudieron sacarse de encima la pesada herencia de 28 años sin triunfos y una sucesión de frustraciones en las instancias finales. Lo sabe su líder futbolístico, Lionel Messi, y sus denodados esfuerzos por alzar una copa con la camiseta celeste y blanca. Y lo sabe también la doña que se paseó en un kayak tirado por una moto. Plena 24 de septiembre y la pequeña embarcación avanzando sobre ruedas entre bocinas y banderas por la oleada festiva que se apoderó de las calles. No hay mejor metáfora para este festejo que se hizo esperar y que llegó en estos tiempos marcados por la pena y las ausencias. Fue mucho sufrir para llegar de una vez por todas a buen puerto.

Con el triunfo de la selección en Brasil, los tucumanos volvieron a recuperar de manera colectiva las calles vedadas a las manifestaciones masivas por la pandemia. La noche del sábado se tiñó de celeste y blanco, de bocinas, del sonido inconfundible de las otrora famosas vuvuzelas y de abrazos apretados. Viejos, adultos, adolescentes y niños se sumaron a la procesión con destino a la Plaza Independencia, destino obligado de cualquier festejo colectivo. No fue poca la frustración de quienes la encontraron cercada y tuvieron que ganar las calles de los alrededores. A la espera de ser oficialmente inaugurada, la nueva plaza fue testigo y no protagonista esta vez de la algarabía popular. Muchos se preguntan si acaso no ameritaba la unción popular que este festejo reclamaba.
Con o sin plaza, poco importó a los hinchas que coparon los alrededores. Hubo poco protocolo, eso sí, pero el desborde era inevitable y previsible: ¿Hace cuánto que no tenemos algo que festejar los tucumanos? La celebración tuvo la impronta de la espontaneidad, de las ganas irreprimibles de abrazarse con otros, de gritar ese grito atorado largo tiempo en las gargantas y que, al fin y de una vez por todas, pudo liberarse. Y también de mirar al cielo, por todos aquellos a quienes esta pandemia privó de vivir esta alegría. Y también por él, el D10S de nuestro fútbol que vela por todos nosotros desde su nube.
fuente: el tucumano



