Cerca de las 2 del martes, Leo García subió a su cuenta de Instagram una serie de videos en los que narró un brutal ataque homofóbico. Se lo ve en primer plano. Desde la cabeza le chorrea sangre y le cubre el rostro. El autor de “Morissey” cuenta que le tiró una “onda gay a un pibe” y que eso derivó en una agresión por parte de un grupo de “tipos”. La Unidad Fiscal Número 9 abrió una investigación de oficio por “lesiones”. Personal policial se acercó al domicilio del cantante y lo entrevistó por medio del portero eléctrico del edificio. Fue invitado a radicar la denuncia, pero no concurrió en el día. Por la tarde, agradeció en un video la preocupación por lo que vivió.

Dijo que estaba “en shock” cuando comunicó el hecho. Y agregó: “No soy de andar denunciando ni es algo que me gusta tener que acusar a nadie. Pero me aconsejan que haga la denuncia, porque esto tiene que ver con un caso de homofobia y se está luchando tanto. Me tocó a mí como le pudo haber tocado a cualquier otro”.

No se trata de un episodio aislado. “Organizaciones de todo el país vemos un incremento de casos de violencia en la vía pública hacia personas LGTBIQ+. No sólo de asesinatos, de violencia en general”, advierte el secretario de la CHA, Marcelo Sutheim, en diálogo con Página/12. Para él, la causa es clara: “Es un fenómeno que se ve desde hace varios años, completamente relacionado a los discursos de odio que se levantan desde los medios de comunicación y en particular de ciertos sectores políticos”. Por eso, el actual clima social preocupa. En consonancia con esta mirada, la directora Nacional de Políticas Antidiscriminatorias del Inadi, Ornella Infante, tuiteó: “Los discursos del odio y sus representaciones convergen en prácticas violentas”.

El ataque homobófico a Leo García
“El chico que me pegó pensó que por ser homosexual yo lo estaba molestando. Hay homofobia. Este país no cambia más. Qué importa quién ganó, quién perdió. Prefiero morirme. Me hicieron muy mal. Un daño psicológico y físico”, expresó García en uno de los videos que subió. Sus seguidores le dejaron comentarios de preocupación: le recomendaron que buscara ayuda profesional y se apoyara urgentemente en familiares y amigos. Entre las respuestas a los videos aparecían artistas como Miss Bolivia, Daniel Melingo y Zambayonny. No está claro si la agresión ocurrió en el bar El Gran Capitán o en un kiosco de General Rodríguez, donde él vive.

“La CHA salió a manifestar su apoyo a Leo porque ha colaborado con las luchas y la construcción de la visibilidad en las marchas del orgullo. Fue uno de los artistas que primero se subió a un escenario sin pedir nada a cambio, en momentos en que era muy prestigioso”, dice Sutheim. “Por lo que cuenta, el ataque fue una reacción a un avance erótico. Es decir que la persona lo vivió como una agresión, un acoso. Aún resulta desubicado que un hombre se tome la libertad de desear a otro y decirlo”, analiza, por su parte, el director ejecutivo de 100% Diversidad y Derechos, Ricardo Vallarino.

El incremento de la violencia hacia la comunidad LGTBIQ+
“En todo el país vemos un incremento de casos de violencia en la vía pública hacia personas LGTBIQ+. Es un fenómeno relacionado a los discursos de odio, que se usan para fundamentar posiciones y se descargan contra la sociedad en general pero terminan impactando sobre ciertos grupos”, sugiere Sutheim.

No es un “fenómeno nuevo”, pero las campañas y resultados de las PASO no instalan un mejor panorama. Sutheim dice que se ve hace entre cinco y siete años y se corresponde con el “auge de los discursos de la ultraderecha”. La CHA no cuenta con datos que lo grafiquen. Se manifiesta en las redes sociales. Muchas víctimas, por desconfianza en las instituciones o falta de recursos económicos, no hacen la denuncia formal. “Han aumentado los reportes hacia las organizaciones; parece haber un consenso. Se hace difícil la obtención de datos certeros de cuántos crímenes de odio hay por año en el país, básicamente porque deberíamos tener acceso a todas las causas, en las que se determina si el delito fue cometido por odio u otro motivo. Y eso depende mucho de los abogados y las abogadas. No hay posibilidad cercana de obtener cifras representativas”, explica el secretario de la asociación.

Agresiones en la vía pública
Vallarino cuenta que estaba en comunicación con un joven que fue agredido en la Ciudad de Buenos Aires en las puertas de una oficina de correo: “Lo acusaron de haberse colado y no era así. Enseguida se la agarraron con él por ser ‘gordo y puto’. Eso derivó en una agresión. La persona se defendió con gas pimienta. Llamó a la Policía y se lo terminaron llevando a él… quedó detenido por 24 horas”.

Pese a las singularidades, las agresiones en la vía pública son una modalidad con aspectos en común. Surgen de hombres “en manada”, que en general no conocen a la víctima y “buscan espacios oportunistas para que el hecho no se pueda probar”. Pueden apuntar tanto a la orientación sexual como a la identidad de género. “El ataque de los civiles está amparado en que la Policía o el Poder Judicial no van a actuar contra ellos. En otras ocasiones los ejerce directamente la Policía con pretextos: estabas cometiendo una infracción y te marcan por puto, lesbiana o trava”, detalla Vallarino. “Con las personas trans la violencia es mayor, pero ni siquiera están a salvo los que uno creería que tenemos mayor tolerancia, los varones”, desliza.

Según datos de la organización Mumala, en 2020 hubo 104 ataques y 13 crímenes de odio. La mayoría, el 32 por ciento, causados por desconocidos de las víctimas. La calle es el principal escenario: 34 por ciento de los casos. El mismo número se registra en los primeros seis meses de este año. Hubo 29 ataques y seis crímenes, de acuerdo al registro elaborado en base a los medios de comunicación. “Nuestra comunidad está más organizada, se calla menos, está más desobediente producto de tener más derechos. Eso recrudece la violencia. Por eso hubo varias ciudades en las que, en los años recientes, las banderas LGTBIQ+ que se izaron en edificios públicos aparecieron quemadas o arrancadas. Nos ven como invasores del espacio público”, opina Vallarino.

Un caso reciente que se hizo público es el de Winfried Fallon Noriega, quien denunció a un grupo de personas por un acto de discriminación con golpes e insultos por su identidad de género y situación de salud, ya que tiene Asperger. No eran desconocidos sino sus vecinos. El Presidente repudió el hecho en su cuenta de Twitter. En la tarde del martes, tras lo narrado por García, se leía en un posteo del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad en Instagram: “Los ataques de odio contra LGBTI+ son un grave problema social que requiere el compromiso del Estado y de toda la sociedad”.

Sutheim considera que hacen falta “cambios en la educación pública en todos sus niveles para ayudar a crear una cultura más democrática e inclusiva”. Y concluye: “Hace 30 años la violencia era la realidad cotidiana y la paz, la excepción. El progresivo reconocimiento de las personas LGTBIQ+ como sujetos de derecho ha contribuido a disminuir la violencia que ejercía el Estado al no reconocer nuestros derechos. Este reconocimiento ayuda a construir una mirada respetuosa e inclusiva en la sociedad. Pero existen retrocesos, por períodos históricos, en esa construcción”.

Fuente:Página 12

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