Como tantos chicos, Justino, de 13 años, tiene que rendir historia de primer año. Concurre a un colegio de Yerba Buena y en los últimos 15 días rindió todos sus exámenes finales. Pero en esa materia no le fue bien y esta semana tiene otra oportunidad. En las escuelas públicas, en cambio, las clases terminarán el 15 de diciembre, después que en la mayoría de los privados: entonces, los estudiantes que no hayan aprobado comenzarán también con sus recuperaciones. Así las cosas, noviembre y diciembre son los meses fuertes de las evaluaciones, con todo lo que ello implica en la organización hogareña.

En este probable escenario de caos, Cecilia López -psicóloga, especialista en niños y adolescentes- les sugiere a los padres que acompañen a los más chiquitos con paciencia y presencia. “Hay que alentarlos en sus posibilidades; por ejemplo, diciéndoles que dibujan bien o que son muy creativos. Y hay que reconocerles las dificultades”, distingue. “Debemos transmitirles el mensaje de que su esfuerzo será valioso. Ellos valorarán mucho eso”, añade.

Su segundo consejo es que los adultos recuerden que los hijos no son una calificación. “Pueden sacar la nota que sea porque eso no definirá la clase de alumno que representan. Tratemos de aliviarlos en vez de exigirlos”, aprecia. La tercera recomendación para los papás es que comprendan que el esfuerzo que hacen los pequeños también los incluye. “Tenemos que darnos tiempo para estar con ellos. Eso les dará seguridad y confianza en sí mismos”.

En el caso de los adolescentes, López advierte que ese acompañamiento se debe mostrar, pero con palabras para no interferir en su autonomía: ‘hijo si necesitás ayuda, aquí estoy’. Además, resalta que se puede hablar con los docentes para reforzar esa sensación de presencia y valoración, pero antes conviene comentarles. Por otra parte, subraya que resulta crucial ayudarlos a organizarse con el estudio, ya que su dificultad para levantarse temprano es normal (“la mayoría de los adolescentes tiene alterado el ciclo sueño/vigilia”).

Eugenia Ponce -pedagoga, especialista en neuroaprendizaje- aporta otras aristas para que tanto los niños como los jóvenes rindan bien:

Crearles una agenda que los ayude a organizarse así puedan tener otras actividades para distenderse.

Enseñarles a respetar los períodos de atención y los momentos de descanso. La falta de sueño disminuye la concentración, las destrezas motoras, la motivación, la memoria y la capacidad de planificación y de ejecución.

Realizar alguna actividad física; a través del movimiento, se logra mayor oxigenación cerebral, se estimulan y automatizan los aprendizajes y se mejoran las habilidades cognitivas.

Cuando el coronavirus ni siquiera era imaginado, las evaluaciones educativas trimestrales ya formaban parte de un debate en el seno de los ámbitos académicos, con posturas encontradas. Hoy, a casi dos años de un mundo que ha cambiado y nos ha cambiado, esa discusión toma más relevancia. La psicóloga Claudia León apunta que hemos vivido tiempos difíciles, marcados por la enfermedad, las pérdidas, el dolor y la incertidumbre. Según su mirada, esto implica que los educadores se encuentren con una gran diversidad en su alumnado; “diversidad a la que tienen que atender”, acota.

Ahora a los maestros se les pide empatía. No obstante, enseguida aclara que no se pretende que aprueben a alumnos que no saben, pero sí que puedan acompañarlos. “Hoy, la escuela no es la misma que en 2019. Quizás haya que plantearse una priorización de contenidos y una flexibilización de las prácticas y evaluaciones”, acota.

Fuente La Gaceta

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