Su nombre verdadero era Alfredo Julio Floro Gobbi había nacido en París, un 14 de mayo de 1912, donde sus padres lo inscribieron en el Consulado del Uruguay mientras estaban allí trabajando como artistas de variedades. Su padre era Alfredo Eusebio Gobbi y su padrino de bautismo fue Ángel Villoldo.
Antes de cumplir un año lo trajeron a Buenos Aires y pasó su infancia y adolescencia en el barrio porteño de Villa Ortúzar. Comenzó a estudiar piano a los seis años con el profesor Natalio Carnini, a los diez pasó a practicar con el violín y pronto se destacó por sus cualidades, el tiempo quiso que lo apodaran “el violín romántico del tango”. Fue un gran violinista, pianista, director de orquesta y compositor de tango.
Con sus 10 años ya trabajaba en su barrio como canillita y comenzó a estudiar violín en el Conservatorio Falconi de Canning y Santa Fe con el profesor Natalio Carmini. A los 13 años debutó en un bar de Chacarita con un conjunto integrado por su amigo Orlando Goñi y el bandoneonista Domingo Triguero.
Bien pronto las innatas aptitudes musicales afloraron en el pequeño ejecutante, inclinando sus preferencias por el tango, a pesar de la firme oposición de su padre, que alentaba siempre la esperanza de un hijo concertista. En 1926 compuso su primer tango, “Perro fiel”
En 1927 actuó en la orquesta del Teatro Nuevo, dirigida por el maestro Antonio Lozzi. Hizo después su debut en conjuntos calificados del tango, junto al bandoneón legendario de Pacho. En 1929 cambió transitoriamente el violín por el piano para tocar en solo en las tardes del ‘Metropol’.
Integró en 1930 conjuntamente con el entonces desconocido Aníbal Troilo en aquel memorable sexteto encabezado por Elvino Vardaro y Osvaldo Pugliese. Su actuación como primer violín de la orquesta de Pedro Laurenz (1935), y una muy calificada producción autoral “Desvelo”, “Mi paloma”, “De punta y hacha” y “Cavilando” que lo ubicó entre los más destacados compositores, abrieron ya las posibilidades de Alfredo Gobbi para irrumpir con su estilo distinto de tango, artísticamente bello, auténticamente puro, inconfundiblemente suyo, formando su propia orquesta en 1942.
Después pasó por las orquestas de Juan Maglio Pacho, de Roberto Firpo, Tirigall, Manuel Buzón, Anselmo Aieta, Pardo, con quien estrenó su tango “Desvelo”, Avile y Antonio Rodio.
Cuando Gobbi ingresó en la orquesta de Manuel Buzón eran pianistas Orlando Goñi y Jaime Gosis. La dejó para formar parte de otro sexteto con Aníbal Troilo y Alfredo Attadia en bandoneones, José Goñi en segundo violín y Agustín Furchi en contrabajo. Después vendrían el dúo con Osvaldo Pugliese, la orquesta de Pedro Laurenz donde fue primer violín, la de Joaquín Do Reyes, la de Balliot y en Montevideo la de Pintín Castellanos.

En 1942 formó su primera orquesta, que debutó en el cabaré Sans Souci de la avenida Corrientes. Junto a Gobbi, que dirigía y tocaba el violín, la integraban el pianista Juan Olivero Pro, los bandoneonistas Deolindo Casaux, Toto D’Amario, Mario Demarco y Ernesto Rodríguez, el contrabajista Juan José Fantin, los violinistas Bernardo Hermino y Antonio Blanco y los cantores Julio Lucero (primer seudónimo del cantante Osvaldo Ribó), Walter Cabral y Pablo Lozano.
Las múltiples facetas de la personalidad de Alfredo Gobbi compositor, violinista, arreglador y director de orquesta, le concedieron un merecido e incuestionable reconocimiento entre los más calificados e importantes cultores musicales del tango. Es que Alfredo Gobbi El Violín Romántico del Tango no traía solamente la responsabilidad de un prestigioso nombre artístico heredado.
Traía la personalísima creación de un estilo de tango. Impuso así, una manera distinta de sentir y de expresar el tango. Trajo en sus originales concepciones estéticas, de evidente filiación renovadora, reminiscencias de viejo tiempo, enmarcadas en el exacto equilibrio de los valores evolucionistas, que le permitieron la cristalización de una de las más coloridas, profundas, densas y auténticas expresiones del tango instrumental.
Se ha dicho con acierto, que en el moderno ropaje musical de Alfredo Gobbi, se extinguía el último exponente del tango con melena, ese era su tango. El tango incofundible de Alfredo Gobbi, de académica estructura musical y honda sensibilidad orillera.

Estilista admirable, artífice de una personalísima modalidad, la imagen temperamental del tango de Alfredo Gobbi se refleja con caracteres inequívocos, en el estilo de su orquesta. Concurren en la forma de ejecución de la misma, todas las facetas configurativas de este excepcional músico popular.
Sin alardes excesivamente académicos, pero dentro de un tratamiento armónico de depurada musicalidad, utilizó Alfredo Gobbi para su orquesta una división rítmica muy singular, logrando un tipo de tango preferentemente lento y acentuado, con atrayente utilización del rubatto, de la sincopa y de los sutiles matices de interpretación que confieren jerarquía y belleza sonora a las manifestaciones artísticas de ese carácter.
Los solos instrumentales encuentran siempre preferente y exacta ubicación en sus planteos orquestales, permitiendo el lucimiento de los instrumentistas, con particular predominio de su inimitable violín romántico. El violín romántico de Alfredo Gobbi, de vibrato pequeño ( es un efecto musical que se utiliza para añadir expresión a la música vocal o a la instrumental), de expresivo portamento, (es el efecto que resulta de deslizar el dedo de un sonido a otro) de legítima estirpe decareana, que es la guardia nueva del tango.
Por lo demás, tiene preponderante influencia en la modalidad interpretativa de Alfredo Gobbi, el tratamiento del piano como eje conductor de toda su estructura orquestal, ajustado siempre a esa forma tanguística que se ha dado en llamar marcación bordoneada, y que creara virtualmente con Orlando Goñi, en sus largos años de estrecha camaradería y fraternal amistad, unidos en su impenitente bohemia por una inocultable afinidad artística.
Su trascendente contribución a la estilística del género, encierra ese algo tan suyo, y a la vez tan difícil de definir, ese algo de la escuela de De Caro, ese algo de Di Sarli (que tampoco es la refundición de dos tendencias tan dispares), ese algo del tango de siempre. Del tango de Alfredo Gobbi, que en el expresivo lenguaje del jazz se llamaría swing, y que no tiene equivalente verbal entre nosotros.
En cada versión de la orquesta de Alfredo Gobbi se encuentra siempre renovado motivo de atracción, por su rica gama de recursos rítmicos y armónicos. Tanto en las notables recreaciones de antiguas e imperecederas páginas “El incendio”, “Chuzas”, “Nueve puntos”, “La viruta”, “Pelele”, “La catrera” tratadas siempre con escrupuloso respeto de su originario contenido, como en las realizaciones de sus propios y musicalmente evolucionados tangos, “Orlando Goñi”, “El andariego”, “Camandulaje” (que contrariamente a lo que pudiera suponerse, compuso en el piano y no en el violín), se advierten los valores estéticos que predominan en la manera de interpretar de Alfredo Gobbi.
Puede decirse, sin temor a equivocación, que el violinista, compositor y director de orquesta Alfredo Gobbi es el gran olvidado de la historia del tango, sobre todo, se sabe poco y nada de sus últimos años, que transcurrió en una pendiente sin remedio hasta su muerte, el 21 de mayo de 1965, cuando tenía apenas 53 años de edad.

Pero sus contemporáneos sabían, y los estudiosos de la década del 40 lo admitieron con respetuosa admiración, que el “Violín Romántico del Tango”, los mismos músicos decían que fue autor de una revolución armónica, creando un estilo con evidente filiación renovadora que podríamos definir como un puente entre la expresividad sentimental y melódica de Julio De Caro y la fuerza explosiva de Osvaldo Pugliese, en suma, una especie de swing con fuerte e inconfundible sello milonguero, plasmó con los rasgos inconfundibles de su descollante personalidad, una de las formas definitivas e inconmovibles del tango instrumental.
Ing. Aldo Escobar



