Cuando el tango comenzó a bailarse, no fue solamente en los arrabales de la ciudad se lo hacía, o en sucios peringundines o bien en burdeles infames. Diremos que al mismo tiempo, los muchachos de apellidos ilustres, rebeldes de carácter si se quiere, practicaban los pasos de la nueva danza en sus lujosas mansiones, pero puertas adentro, que nada trascendiera, como componentes de una nueva secta, y a veces pagando para que les enseñen los últimos pasos.
Recuerden todos los informes que presentamos con anterioridad, como es el caso del Cachafaz, del mismo Pepito de Avellaneda, pero en realidad tenemos una cantidad impresionante de bailarines, como el Tarila, Petroleo, Tito Lusiardo, Gavito, Virulazo que no tan solo hicieron de las delicias en la pistas de sus barrios o a los que les tocaba visitar sino que fueron triunfadores en el exterior, hasta tuvieron la oportunidad de realizar películas porque sus pasos eran originales, eran los dueños y que tuvieron que mostrarlos.
Son ejemplos, entre otras, dos películas Así es la vida, dirigida por Francisco Múgica (1939) e Historia del 900, dirigida por Hugo Del Carril (1949), casi todos estos personajes que nombramos hacían galas en los bailes, todos ellos eran de orígenes humildes, laburantes, al punto tal que era el sábado el día del ensayo, lo hacían bailando entre ellos, a veces bajo la luz de un farol para poder mostrarse un domingo en plenitud de cortes y quebradas con sus novias o esposas.

Pero ahora vamos a describir y mostrar un bailarín atípico, ya el apellido nos viene diciendo algo para ese entonces su nombre real era, Héctor Vicente Madero Álzaga, que había nacido 6 diciembre de 1884, Vicente fue hijo de Cayetana Álzaga, dueña de la estancia La Fortuna, en San Vicente, Provincia de Buenos Aires; y de Francisco Domingo Madero.
Su abuelo, Francisco Bernabé, fue fundador del entonces pueblo de Maipú, en la Provincia de Buenos Aires y vicepresidente del país, durante la primera presidencia del General Julio Argentino Roca (1880-1886), diríamos que estamos ante la presencia en estos tiempos de un joven portador de apellido, para la sociedad de esas épocas era un Sr de apellido distinguido, gran Señor en las reuniones, shusheta por su elegancia.
La escritora Victoria Ocampo ha recordado en sus testimonios, “Llegó la época en que todos los jueves, lloviera o tronara, entraba a casa Osvaldo Fresedo, “El Pibe de La Paternal”, y se bailaba tango la tarde entera. Los campeones de estas memorables jornadas eran Ricardo Güiraldes (autor de la novela Don Segundo Sombra)”.
“Sin más celebridad que la que nosotros, sus amigos, sospechábamos que alcanzaría a tener, y además Vicente Madero, un genio en la materia y no creo que nadie haya llegado a superarlo. Cuando caminaba el tango, todo su cuerpo, al parecer inmóvil, seguía elásticamente el ritmo, lo vivía, lo comunicaba a su compañera que contagiada, obedecía a ese perfecto y acompasado andar”.
Ambos eran bailarines perfectos, acá se debe destacar que estaba bien marcada esa grieta de la clase alta y la trabajadora entonces por ejemplo no cualquiera iba a bailar a la casa de Victoria, solamente tenían ese permiso los integrantes de la alta sociedad, hoy en la actualidad menos mal que no existe esa postura al ser tan popular el tango
Vicente fue un “high life”, era un muchacho de buena vida, era morocho, alto, esbelto, vestía trajes oscuros y corbatas negras. Fabricaba su propia gomina (fijador para el cabello a base de goma tragacanto) y después de aplicársela, se sujetaba el cabello con una toalla o una media de mujer para que éste se aplastara bien.
Victoria comentaba que era tan exquisito que mandaba a lustrar las suelas de sus botas para que al cruzar las piernas, y que ellas brillaran, esto me lo contó con cariño su hija Malú Madero de Fernández Ocampo, entonces le pregunté ¿cómo bailaba el tango tu padre? Me contestó:
«No con firuletes, el tango él lo camina. Cuando me enseñaba a bailar me decía, tenés que tranquear largo. Y el hombre debe saber agarrar a la mujer. Eso era bailar elegante, fino y aristocrático.
Este niño bien, salió un hombre para la milonga, pero tenemos que aclarar que era una persona que por su físico hacia avances y retrocesos, con un buen ritmo y acompasado, pero ahora no le pidan más, porque para bailar bien el tango se debe tener esa desfachatez, nacer con esa elegancia propia, tener oído, atreverse a jugar con los pies sobre el suelo, con una armonía digna de ser admirada.

Y antes de 1920, cuando Madero era habitué de los cabarets parisinos, inclusive el Princesse, donde llevó a bailar a Manuel Pizarro y a cuyo propietario, Elio Volterra, convenció de que le cambiaran el nombre y pasó a llamarse El Garrón.
Gardel llegó a París por primera vez, por consejo de Pizarro, en 1928. Para entonces Madero, si no había aquietado ya sus ansias constantes de cielos lejanos, estaba por hacerlo, pues entre 1930 y 1946, año de su muerte, se desempeñó como prosecretario de la Cámara de Diputados de la Nación.
«Se puede decir que una línea popular del baile fue la representada principalmente por El Cachafaz. Entre uno y otro tan disímiles, nacía la inclinación de todos los otros, como Bernabé Simarra, Güiraldes, Enrique Saborido, los actores César Ratti y Elías Alippi, Francisco Ducasse, El Mocho, El Tarila y por qué no, las caricaturas que dejaron en el cine desde Rodolfo Valentino a Marlon Brando y Al Pacino.»
El nuevo barrio de la ciudad de Buenos Aires casi apoyado en el Río de la Plata, el más moderno y que aún muestra algunas tierras baldías, es el lugar preferido por artistas, políticos, para adquirir sus departamentos, y se podría decir además que es el más caro por metro cuadrado, recibió el nombre de Puerto Madero, pero no por Vicente, un bon vivant de su época que sólo desempeñó algunos empleos públicos gracias a la posición de su familia, recibe en realidad este nombre por un primo suyo, Eduardo, un comerciante y directivo de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, a quien se le encargó se ocupara de los planos de un puerto que, prácticamente, en la ciudad no existía.
Héctor Vicente Madero Álzaga, falleció un 24 de mayo de 1946, un detalle antes por av. Santa Fé o Corrientes se podían comprar discos, rollos de pianola, cilindros, partituras y aparatos reproductores de todo tipo, que eran de los descendientes de aquellos muchachos ricos que los adquirían o se los traían del exterior, y que fueron usados en aquellas propiedades señoriales que luego decaían, al igual que sus bolsillos.
Ing. Aldo Escobar



