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EL TANGO TUVO UN CACHAFAZ

El Cachafaz, otro gran bailarín, se lo identificaba como el Gardel de los bailarines, muy rico su historial para la época

Hace menos de un mes estábamos hablando de Juan Carlos Copes, pero en el mundo tango tenemos grandes bailarines que primero representaban por un lado a sus barriadas y luego fueron figuras mundiales de realizar esa magia en el piso en el ritmo del 2×4, destacados están Petróleo, El Tarila, Tito Luciardo, Gordo Virulazo, Gavito, Miguel Zotto, etc.

Este apodo tenía un nombre real; Bianquet, Ovidio José Seudónimo/s: Benito Bailarín que había nacido un 14 febrero de 1885, lugar de nacimiento en Buenos Aires 

Nació en la esquina de las avenidas Boedo e Independencia, en el barrio de Boedo. Desde muy pequeño llamó la atención por su destreza en los movimientos corporales, y más adelante, comenzó a ganar popularidad como bailarín.

Hijo de criolla y de inmigrante francés, su porte era alto y fibroso, de tez aceitunada con ojos claros, melena renegrida y ondeada; veteaban el rostro algunas picaduras de viruela (cruel enfermedad de la época) que, al parecer, le daban un perfil trabajado y tenaz. Amigo de sus amigos, desde las andanzas juveniles perteneció a la generación de los que no cifraban su dicha en acumular tesoros en la tierra: el dinero que a veces ganó en abundancia, igual lo gastó disfrutando “la gran vida, amigo, la gran vida” declaró. 

Su infancia no fue la infancia del tango, que a la sazón llevaba un par de décadas definiendo perfil artístico y musical. Pero sí pudo decir que “a los 11 años ya era un fenómeno para el tango con corte y barquinazo. Mientras bailaba los hombres me hacían rueda, y me pagaban con monedas y refrescos”. Se premiaba entonces la originalidad, la inventiva en la improvisación desarrollada sobre veredas de ladrillos o en la misma calle. ¿Cómo lo había aprendido? Con otros niños, en el abundante callejear formativo y siempre vanguardista. Un ribete de traviesa infancia que debería agregarse a la fuerza convulsa del tango capaz de hacer bailar a ensombrerados caballeros aprovechando el organillo que pasaba, (simplemente era una persona que ponía música con una vitrola o bocina por unas monedas) o inspirar obras definitivas en adolescentes músicos. Esto ocurría a finales del siglo XIX y en la aurora del siglo XX.

La fama del CACHAFAZ en el barrio, creció hacia otros ámbitos de la ciudad de Buenos Aires. Gana concursos e instala Academias para enseñar a bailar tangos, concurren a éstas, tanto obreros como diplomáticos, diputados, gobernantes y aristócratas, en tiempos muy orilleros todavía en el tango. Academias en Buenos Aires… también enseña en Montevideo, París, Nueva York, actúa en teatros en una decena de películas con estampas de tango, en clubes también.

Su apodo quedó para nuestra historia cotidiana como nombre y apellido definitivo: El Cachafaz, y no fue a ninguna institución para que lo defendiera por discriminación, eso tiene el tango, códigos y son para entendidos.

Aquí entra a tallar don José Gobello y en un artículo da su opinión: «Ese fue un apodo que ganó de chico y por una confusión. Vivía en la calle La Rioja en el barrio de Balvanera sur cuando a la seccional de policía denunciaron que alguien había roto un vidrio de un negocio de una pedrada. Lo acusan y se llega hasta su casa, la madre, una cordobesa, no lo puede creer y ante el policía sólo atina a exclamar: «No puede ser si él es buenito, es buenito».

«La autoridad entendió Benito y así pasó el informe, Benito Bianquet, por eso también era otro apodo que tenía».
¿Y por qué El Cachafaz? Según Gobello, nuevamente, que de muchacho fue atropellador con las mujeres y supo propasarse algunas veces. Una de ellas se quejó ante su padre y dicen que éste exclamó furioso: «¡Mi hijo es un cachafaz!» Los muchachos del barrio o todos los que lo conocieron  hicieron el resto.

En 1911 compitió en un concurso de tango con grandes figuras de la época como Elías AlippiJuan Carlos HerreraAmbrosio Radrizzani y Enrique Muiño y obtuvo el primer premio.

Su apodo El Cachafaz significa ‘bribón, descarado, insolente, pícaro, holgazán’ y, al aparecer era el juicio que en su juventud mereció de sus mayores, especialmente por su trato con las mujeres. También era conocido, por razones no documentadas, como Benito Bianquet.

En 1911 viajó a los Estados Unidos y al volver dos años después instaló una academia de baile. En 1916 actuó en Resaca, la primera de las 14 películas en las que participó. ​En 1919 estuvo en París, al parecer dando lecciones de baile a personas de la alta sociedad y para actuar en el mítico El Garrón, donde actuaba el músico argentino Manuel Pizarro junto a sus hermanos, pero regresó al  país.

Ahora se dan cuenta porque hay que tener en cuenta esta cultura popular de nuestro tango, si analizan las fechas que se dan como datos en la nota, podrán observar que estos muchachos ya eran triunfadores en tierras lejanas, no es que eran aclamados en el club del barrio a la vuelta de sus casas, pero sin embargo me pregunto porque dejamos que los extranjeros vengan a nuestro país para que sean idolatrados, me parece que tenemos que cambiar y recapacitar y vender nuestro propio arte.

El Cachafaz, era corpulento, usaba el cabello engominado tirante hacia atrás, tenía rasgos aindiados y marcas de viruela en la cara y en las fotos y en el cine siempre posaba con gesto serio. Cuando bailaba el tango con cortes se vestía con saco negro y pantalón fantasía a rayas negras y grises (al estilo de los años 30) y para el tango de salón usaba esmoquin. Tenía un compás único, era un creador de pasos y de “cortes” (así se llaman las figuras corporales que realizan los bailarines). Físicamente no era agraciado; sin embargo, irradiaba simpatía y eso cautivaba a las mujeres y creaba empatía con los hombres.

Trabajó mucho para las compañías de revistas de Francisco Canaro. Cuando viajaba extrañaba mucho su casa, el café de Corrientes y Talcahuano donde en las tardes ocupaba siempre la misma mesa y recibía a sus amigos, entre ellos a un grande, Carlos Gardel.

¿Cómo bailaba? Lamentablemente el baile es la forma de tango mejor marcada por la fugacidad, por el exaltado instante que eleva a los bailarines e imanta miradas y aclamación del público. Después será el recuerdo de un estado, o imágenes que se atropellan vertiginosas en la memoria. No se registran figuras como no sean algunas mantenidas un tiempo por la tradición oral. 

El único documento preciso son las películas, pero en ellas el baile es un claro en el bosque argumental, un gesto raudo y brillante en la variada conversación fílmica. Nunca fue tema central, aunque ocurra que nos interese por encima de todo el resto de la película, como la figura paradigmática de Gardel cantando. 

Podemos ver al CACHAFAZ bailar en alguna película de los años 30 y distinguimos la elegancia de su figura siempre erguida inventando un estilo distinto en su época, notamos ciertas maneras de marcar el ritmo a tiempo y contratiempo, endiabladas formas de dividir con los pasos la frase musical, un talante para abrazar a su compañera que no transmite presión ni mandato. Bailó con Olga San Juan, con Isabel San Miguel, con Carmencita Calderón que, siendo octogenaria, aún “se la veía bailar algún tango”. 

En esta danza llamada catedrática porque sin escuela, sin maestro – discípulo difícilmente nadie consiga bailarla bien, queda la obra del CACHAFAZ como señera y promisoria. Sus Academias atestiguaron aquel acierto de que el tango en el abrazo quebró mucho el hielo que asignaba a las clases sociales un nicho inamovible, que congelaba a la gente en orilleros y cajetillas. 

Por amor de su origen seguramente, tuvo al smoking como “fastidiosa pilcha” y no afectó su hablar de la delicadeza para intensificar la expresión alejada de un equilibrio; la elevación de su obra la fijó en el baile, modo de expresión y vida. Respecto a las exhibiciones nos queda agregar que colegas y competidores suyos, dijeron que a partir de la primera década del siglo, ganaba los concursos con su sola presencia.

Entre 1910 y 1929 tuvo como parejas en la vida y en el baile, a Emma Bóveda, Elsa O’Connor, que luego se destacó como actriz dramática del teatro y del cine, e Isabel San Miguel. Desde 1933 hasta su muerte, Carmencita Calderón fue su compañera, pero sólo en la danza; con ella aparece bailando en 1933 en el filme Tango cuando era una chiquilina menor de 20 años.

Carmen Calderón dijo alguna vez:

«No era buen mozo, era feo como noche oscura y esa cara picada de viruela, pero su forma de ser era suave y simpática. Ahora, cuando se enojaba temblaban todos…Nunca uso revólver, de un cachetazo los dejaba dormidos…Tenía un don especial, elegancia y un compás único. Fue un gran creador de pasos, pero también tenía muchos «cortes» (figuras) en común con José Giambuzzi, El Tarila. ​

Lo real, sin debate, es que fue la primera figura de la danza del tango en la historia. Lo interesante es que queda el registro de la película “Tango” para verlo bailar una y otra vez, y no sólo escuchar relatos de su destreza. En fílmico se ve la prestancia de su torso y el juego de sus piernas, con cierta dosis de picardía en los cambios rítmicos. Viajó por el mundo enseñando a bailar tango. Carmen Calderon solía contar en el recuerdo, sobre la elegancia, el porte y la simpatía de Bianquet. Francisco Canaro lo nombraba como “el Gardel” de los bailarines. Muchas de las figuras y los pasos que hoy se bailan, nacieron de la imaginación e iluminación del “Cachafaz”. La historia de El Cachafaz es parte de la mitología tanguera, una leyenda, hoy ya no quedan los que puedan dar testimonio de su vida y de su arte.

Carmen Calderón


Dice Gobello que dio lecciones de baile muy bien pagas a gente de la alta sociedad y termina con una reflexión acertada: «Haya sido realmente el máximo bailarín de tangos o no lo haya sido, por tal se lo tendrá siempre».

Reportaje de la periodista Irene Amuchástegui a Carmen Calderón al cumplirse 55 años de la muerte de El Cachafaz. Diario Clarín, Buenos Aires, 7 de febrero de 1997.

«Don Benito hacía los pasos impecables, caminaba sin encorvarse y con una delicadeza que le quitaba lo atrevido y vulgar que tenía el tango, en el baile. Porque hay que decir que el tango, a veces, es un poquitín bastante asqueroso, hay cortes donde la mujer mete la pierna entre las piernas del hombre».

«Él lo hacía con prestancia. Era el mejor».

«Lo conocí en el Club Sin Rumbo. Fui con mis hermanas menores a quienes crié al morir mi madre».

«Estaba sentada y alguien me insistió para que bailara con un hombre que estaba allí. Supe que era El Tarila, acepté y al terminar la pieza me dijo: «¿Usted aceptaría ser mi compañera y la compañera de El Cachafaz?» Cuando escuché ese nombre me prendí como abrojo.

«Debuté con don Benito en el Cine-teatro San Fernando, tocaba la orquesta de Pedro Maffia, el mejor bandoneonista. Trabajamos mucho para las compañías de revistas de Francisco Canaro. También viajamos, pero allí El Cachafaz la pasaba mal, extrañaba mucho, porque él era de dormir todas las noches en la casa de la mamá». 

«Bailamos la última noche, fue en un local llamado El Rancho Grande, en Mar del Plata. Terminamos de actuar y me fui a un cuarto con la patrona para escuchar por radio un partido de fútbol entre Argentina y Uruguay. De pronto se asomó y me dijo: «Carmencita, la espero después del partido para tomar medio whisky.» —siempre me trató de usted—. Al ratito entró una mujer a los gritos para decir que don Benito estaba tirado en el patio. Cuando lo vi tirado en el suelo pensé que era sólo una caída. Sin embargo no era así, con esa escena se iba una leyenda del tango.


En 1942, un 7 de Febrero a los 57 años de edad, en una gala que realizaba con Carmencita Calderón, en Mar del Plata, Argentina, murió de un síncope cardíaco. Se le paró el corazón en las vueltas de un tango, y ya su leyenda apresuró eficaz la última página. A los ojos de innumerables testigos de su arte, de fotografías y trozos de películas, la estampa del CACHAFAZ y su compañera quedaron bien cerradas para cuidar la belleza del tango hecho baile.

Ventana del Norte

Ing. Aldo Escobar

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