Hernán Machado vive en Andacollo, en el norte neuquino, y varias veces estuvo al borde de la muerte. Visita a sus pacientes especiales a domicilio para revisarles la boca.
Editó un libro -“La exclusión es un dolor de muelas”-, y da conferencias sobre una salud más humanizada
Era invierno. Hernán Machado (45) estaba trabajando en el puesto de salud de Los Miches, Neuquén,cuando la enfermera le sugirió ir a atender a unos niños en su casa, porque la sala de espera estaba colmada de pacientes con gripe. Cuando llegó se encontró con algo que no imaginaba: el más chiquito, de dos años, era ciego. “La facultad no me había preparado para eso. No sabía como iba a controlarle la boca a un nene ciego”, cuenta el odontólogo del Hospital Antonio Gorni de Andacollo, una localidad del norte neuquino que está entre la cordillera del Viento y la cordillera de los Andes.
“Entonces empecé por el hermanito mayor, pero pronto noté que cuando abría el celofán que recubre el cepillo de dientes, el nene ciego se acercaba gateando. Tenía perfecto dominio del espacio. Yo estaba sentado en el piso y me buscaba con la manito. Por eso mientras le enseñaba cómo cepillarse al mayor, le di su cepillo de dientes al menor. Lo abrió con los dientitos, se lo acercó al oído y pasó el pulgar por las cerdas para ver cómo sonaban. Después se lo puso en la nariz y lo olió. Y finalmente, se lo llevó a la boca y lentamente imitó el sonido que hacía su hermano al cepillarse. Se guiaba por lo que escuchaba. Ejercía el movimiento y la presión correcta. Eso a mi, me abrió la cabeza”, cuenta el odontólogo.
Vocación de servicio
Hernán vive a 20 metros de la plaza del pueblo, pero se crío muy lejos. Es de Cazón, un pueblito de 200 habitantes en el partido de Saladillo, a 220 de Capital Federal. Es el menor de tres hermanos. Su mamá era docente y su papá tenía una fabrica familiar de carbón de eucaliptus. Para cursar el secundario en Saladillo, hacía seis kilómetros en bici hasta llegar a la ruta, la dejaba escondida en una alcantarilla y hacía 14 kilómetros más a dedo. Estudiar era una imposición familiar y de hecho tiene un hermano médico y otro contador.
Los caminos de montaña que recorre en invierno en el norte neuquino.
¿Porqué el estudió odontología? “En mi pueblo no había hospital, sino una salita de primeros auxilios a dónde venían el médico y el odontólogo una vez por semana. Una vuelta el odontólogo se atrasó, la gente reclamó y él contestó que no tenía ayuda. Yo, que tenía quince años y estaba en la sala de espera, le pregunté que si quería lo ayudaba. Así empecé a asistirlo y a aprender sobre el instrumental, las pastas y ¡me atrapó la profesión!”, cuenta Hernán.
Entusiasmado con estudiar la carrera de odontología en la Universidad Nacional de La Plata, se mudó a ciudad a dónde ya alquilaban un departamentito sus hermanos. Pero pronto se dio cuenta que la carrera era muy cara –por el instrumental–, que no podía pagarla y empezó medicina. Hizo tres años completos y cuando la situación económica familiar había mejorado, estudió odontología y después de cinco años se recibió. “En la facultad había un curso sobre discapacidad, pero se ve que todavía no era mi momento…”, apunta sobre la vocación que descubrió por añadidura.
Para Hernán no hay nada más importante que el trato humanizado del paciente.
Hipertenso desde los 16 años, tuvo un infarto con sólo 26 años, mientras padecía la vorágine de la ciudad.“Es raro despertarte en unidad coronaria y ¡estar rodeado de gente de 70 años!”, ríey detalla el cómo fue: “Estaba cenando cuando empecé con dolor en el pecho. Mi hermano me vio pálido y me llevó al hospital. Terminé en posición fetal del dolor y pasé una semana internado”. Además, es diabético y está bien, aunque controlado. Pero hay más…
Papá de Santiago, que tiene 19 años, se casó dos veces y Marisa, su actual mujer, es patagónica, de la colonia galesa de Gaiman y se formó como sommelier. Se casaron en abril del 2007, en el registro civil de Caviahue, Neuquén, porque tenían familiares por la zona. Abrumado por el ritmo de vida que imponía La Plata, una vez le pidió a su hermano que le avisara si se enteraba de algún concurso para cubrir un puesto de odontólogo en el Sur. “Llegué a Andacollo porque quedé como odontólogo de planta permanente en el hospital. Me atraía el sistema de la salud en Neuquén. Yo tenía un compromiso con la salud pública…Una deuda que pagar”, adelanta Hernán sobre el mediodía de julio de 2006 cuando le salvaron la vida en le Hospital Gutiérrez de La Plata.
“Estaba arriba de una escalera rasqueteando el cielo raso del baño y me caí con el pie de apoyo en el fondo del inodoro. Lo rompí y me quedó atrapado el pie. Me corté las arteras principales y me estaba desangrando. Tuve que tirar de la rodilla –cerrando los ojos porque tan corajudo no soy– y me lastimé mucho. Fue justo en el tobillo y recién pude sacar el pie, cuando se cortó la articulación y la pude doblar. Estaba solo. Me hice un torniquete, bajé la escalera saltando y en la calle –en la esquina del bingo– me vio un policía y me llevó al hospital”, rememora.
Hernán atiende a domicilio y también en su consultorio.
Agrega que a su esposa le advirtieron que podía morir porque había perdido mucha sangre. Luego, por una septicemia. Y finalmente, que no sabían si podría volver a caminar porque aseguraban el éxito del reimplante del pie. Hernán perdió mucho músculo y le tuvieron que hacer 63 puntos para arreglar arterias, tendón, ligamento y piel, pero salió adelante con rehabilitación intensiva. En la actualidad no siente la planta ni los dedos del pie, pero “camino prácticamente bien, sin que se note que soy rengo”.
Devolverle a la salud pública
Hace doce años fue aquel niño ciego de Los Miches, una localidad aledaña a Andacollo, su primer maestro en discapacidad y quien lo impulsó a llegar a más niños con su condición. “Hoy atendemos a 85 chicos. Algunos con síndrome de Down, parálisis cerebral, discapacidades físicas, ciegos, sordos, síndrome de Paget…Hasta el 2011 lo hacía fuera del horario de trabajo, pero después se armó un programa y es parte de mi rutina. Conformamos un lindo equipo con dos enfermeras –una que me enseñó mucho porque tiene un hermano con parálisis cerebral–, una nutricionista y médicos referentes, en caso de que haga falta. Además, como estamos en un hospital escuela, logré que los médicos residentes también participen del programa de atención domiciliaria”, asegura Hernán y cuenta que en invierno, es muy difícil llegar a ciertos parajes y que entonces se apoyan en los agentes sanitarios del lugar.
Andacollo queda en el norte de la provincia de Neuquén.
Según detalla, una de las claves para atender a pacientes con discapacidad es hablarles a ellos y mirarlos a la cara. No dirigirse sólo al acompañante, que como está ahí, va a escuchar. Además, agrega que su programa combina la atención domiciliaria, con la del consultorio. Porque ir a la casa los ayuda a comprender el entorno, pero en el hospital tienen el sillón y la luz ideal. Enfatiza que si estamos hablando de un paciente inmovilizado en una cama, hay que adaptar la técnica al paciente y no pretender que el paciente se adapte a la técnica. Y que 4 veces por año les revisa la boca a los niños de la Escuela Especial Ruca Peuma, que además tiene maestros que dan clases a domicilio a adultos no escolarizados. Siempre teniendo en cuenta que hace un par de décadas las escuelas especiales no existían y que los niños con discapacidad eran rechazados en las escuelas comunes.
“En el Interior las familias suelen estar muy solas. No hay grandes asociaciones que los nucleen y contengan. Entonces, muchas veces, con la mejor intención y con el fin de proteger a sus hijos con discapacidad, los dejan en casa. Así los discapacitan más… Los inhiben”, revela Hernán y comparte una historia sorprendente.
Como disertante viaja por Chile y por buena parte de la Argentina.
“Hace unos años me enteré que en el pueblo había una señora ciega de cincuenta años que no estaba escolarizada, ni socializada. Su madre era una señora mayor y pocos de los vecinos sabían de ella. Algunos decían que la habían mudado; otros que estaba muerta… Para conocerla y hacer un primer abordaje me hice invitar a tomar mate por un familiar. La conocí y cada vez que le preguntaba algo, me contestaba la madre. Volví a ir a visitarla y ahí sí dije que era odontólogo y aceptaron que le revisara la boca. Empecé a ir todas las semanas y logré entrar con una enfermera, que le tomó la presión a la madre. Entonces aproveché, y le pregunté a mi paciente sobre sus intereses. Logré que me contestara ella. Me dijo que su papá le había regalado una guitarra antes de morir. Entonces, después de un tire y afloje, la madre aceptó que un profesor le diera clases de guitarra en la casa. Ella se enganchó y al cabo de un par de semanas, le dijimos que el profesor no podía ir más a domicilio, que si quería seguir, tenía que ir a la escuela dónde están los alumnos. Porque de eso se trata… Cuando llegó el día la madre se opuso, pero una cuñada se ofreció a llevarla. Así fue. Tomó clases en grupo y a fin de año cantó con el salón colmado. Nadie tiene un video que se vea derecho de ese momento. Temblábamos todos de la emoción”, resume Hernán y agrega: “Mi laburo va más allá de lo odontológico y de la discapacidad. No trabajo con la enfermedad. Es sólo un punto de partida”
Con Marisa, su esposa.
Hernán es expositor de este modelo en buena parte del país y también en Chile. Temuco, ciudad del país vecino, le queda más cerca que Neuquén capital. Pertenece a la Academia Interamericana para Pacientes Especiales y asegura que siempre se sigue formando en la materia. Todo con esfuerzo y compromiso. “Hace unos años vendí un sommier para pagarme la nafta para ir a un congreso en La Pampa”, ríe entusiasmado.Entonces celebra la publicación de La exclusión es un dolor de muelas, su primer libro. “Es el resultado de las anotaciones que fui haciendo en un cuaderno mientras dialogaba con mis pacientes con discapacidad. Son anécdotas que pueden no ser claves en la historia clínica, pero que hablan de la persona. El libro propone un abordaje humanizado de la salud de las personas. Y es un homenaje a aquellos pacientes que me abrieron las puertas por primera vez y que tanto me enseñaron”.
Fuente: Infobae


